En Polonia solo hay que atravesar una plaza, doblar una esquina o cruzar el umbral de una antigua sinagoga para advertir que bajo esa ciudad se conserva otra casi invisible. Está hecha de palabras en yidis que ya nadie pronuncia, de comercios desaparecidos, de patios donde antes se celebraba el sabbat y de recetas que han sobrevivido mejor que muchas familias. Antes de la Segunda Guerra Mundial, cerca del 10% de la población polaca era judía. Prácticamente todas las ciudades importantes del país contaban con sinagogas, cementerios, escuelas religiosas y barrios donde convivían comerciantes, artesanos, intelectuales y músicos. El Holocausto destruyó la inmensa mayoría de aquellas comunidades y los escasos supervivientes emigraron. Sin embargo, las huellas permanecen: casi todas las grandes urbes tuvieron una importante presencia judía y hoy se puede reconocer este legado.
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