No hay monstruo más antiguo que el fuego. Por más que Heráclito quisiera convertirlo en el padre de todas las cosas, fuera de control sus efectos son terribles y devastadores. Signo de destrucción y de purificación, ingrediente inevitable del infierno —que en su corazón mismo Dante cubriría de hielo—, la historia de la humanidad está marcada por su dominio y su amenaza. Hefesto lo custodiaba bajo tierra, en los volcanes, trabajando su fragua con ayuda de los cíclopes, pero Prometeo se lo arrebató para convertirlo en un instrumento útil. Siempre, claro, que se mantenga sometido al límite y a la cordura.
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