Mi primer gato apareció escondido entre dos coches dos semanas después de mudarme a un cuarto piso en la calle del Carmen. Él tenía tres o cuatro meses, y yo 19 años. Era un tigre patilargo, de color gris, con el pecho blanco y los ojos verdes. Me lo llevé al café donde entonces trabajaba de camarera y me esperó en el almacén. Cuando cerramos, lo envolví en mi chaqueta y con él en brazos crucé el centro de Madrid. Ronroneó mirándome todo el camino. Ese día comió una lata que compré en la gasolinera y recorrió la casa varias veces hasta quedarse dormido en el ángulo interior de mis rodillas. El resto de su vida durmió enroscado a mi brazo con las cuatro patas y la nariz enterrada en mi cuello. Lo llamé como me llamaba mi padre cuando era muy pequeña: Tatín.

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