Una fotografía de pasaporte está hecha para identificar a una persona, no para contar quién es. Diminuta y sobre un fondo blanco, verifica y aspira a eliminar cualquier ambigüedad. Sin embargo, es precisamente de esa paradoja, la distancia entre lo que muestra una imagen y lo que puede llegar a narrar, de donde parte Passports, el último libro de Keisha Scarville, (Nueva York, 1975) en el que el retrato de su padre, tomado a los dieciséis años, da pie a una exploración que desborda los límites de la fotografía original.
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