Quizás es la imagen que salta al imaginario colectivo cuando se piensa en la gastronomía como vía de supervivencia en un gran festival de música: hot dogs, hamburguesas, porciones de pizza y otros exponentes de comida rápida consumidos a destiempo sobre un césped exhausto. Un trámite calórico para sostener el cuerpo entre concierto y concierto.

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Las otras mesas de los festivales: de las estrellas Michelin al ‘food truck’ urbano

La mutación gastronómica del Rototom Sunsplash no es un fenómeno aislado, pero sí singular en el mapa de festivales españoles. Mientras la cita de Benicàssim despliega un viaje multicultural e integrador durante siete días, las citas del circuito festivalero que apuestan cada vez más por lo gastro abordan la mesa desde ángulos y tiempos distintos. En el extremo gourmet y en formatos más breves (de dos a tres días), certámenes como PortAmérica (Pontevedra) o el Festival Antorchas (Albacete) articulan su oferta en torno a la alta cocina de autor y la curaduría de reconocidos chefs, un modelo que también explora en clave regional el Degusta Fest Armilla (Granada) a lo largo de un fin de semana. En una línea más ágil e informal opera Getxo Music and Food, volcado de lleno en el formato food truck. Por su parte, las grandes citas masivas como Primavera Sound, Cruïlla o Brunch Electronik han ampliado de forma notable su abanico culinario, aunque enfocado en la efectividad del street food cosmopolita habitual de las grandes urbes. Finalmente, propuestas de gran formato como O Son do Camiño mantienen una despensa extensa con sello local pero combinada con grandes cadenas comerciales de comida rápida.