Ursula Kemp era una mujer de carácter fuerte. Probablemente por eso acabó en la horca. Esta comadrona y curandera gozaba de cierto estatus en el pequeño pueblo de St. Osyth, Inglaterra. Los vecinos acudían a ella cuando enfermaban sus hijos o si necesitaban ayuda que los médicos profesionales no podían ofrecer. Pero empezaron a suceder desgracias a su alrededor: la muerte del bebé de una compañera con la que se enemistó, la repentina cojera de una enemiga. Una serie de acusaciones infundadas acabaron sentándola frente al juez, en uno de los más famosos juicios de brujería. Era 1582. En esa década, en Inglaterra, el 13% de los delitos juzgados eran relativos a las artes oscuras. Este fenómeno es especialmente útil para ilustrar cómo una combinación de rumores, conspiranoias y prejuicios sociales puede acabar infiltrándose en las instituciones. Para explicar por qué, cinco siglos más tarde, hay gente que cree que la Tierra es plana, que el Gobierno aprovecha el eclipse para desviar nuestra atención, que las vacunas tienen microchips o que Trump ganó las elecciones de 2020.

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