Vivo en Madrid, lejos de cualquier costa. Como tantos habitantes del interior, crecí sabiendo que el mar era un destino, algo que exigía planificación y kilómetros. Pero el deseo de agua no entiende de distancias y en verano ese deseo se resuelve de otra manera: en ríos, pozas, embalses y lagos, esos lugares de baño que casi nunca aparecen en las guías. Empecé creyendo que era un fenómeno de pueblos remotos, condenados por la geografía a inventarse su propio mar. Me equivocaba. Muchas veces la playa no está tan lejos y, aun así, la gente prefiere quedarse. Elige la poza de siempre, el recodo del río donde se bañaban sus padres, la orilla del embalse donde se reúnen los vecinos. Son lugares más cercanos, pero no en el sentido geográfico: más cercanos emocionalmente, más íntimos. Bañarse allí es una forma de estar en casa.

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