Hay niños que parecen vivir siempre con las emociones a flor de piel. Lloran si se les rompe una galleta, al perder un juego, cuando la ropa les pica, porque tienen que apagar la televisión... Situaciones cotidianas terminan habitualmente en lágrimas, rabietas o discusiones que desgastan poco a poco la convivencia familiar. Muchos padres lo describen como la sensación de caminar constantemente sobre un terreno imprevisible. Nunca saben qué pequeño comentario, qué límite o qué pequeña frustración acabará desencadenando el próximo conflicto.

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