Los bosques se queman en Europa, los villorrios arden, luego queda un paisaje devastado, con las siluetas de la ramas de los árboles quemados y la negrura de la destrucción. Las llamas han llegado cerca de Burdeos en Francia, y en España han progresado en distintos lugares y de forma incontrolada unas lenguas de fuego que iban arrasando cuanto encontraban en su camino. Son como telegramas que advierten del apocalipsis que está por llegar, o será simplemente que así se viven las cosas cuando escapan al control de las fuerzas humanas. Hay algo oscuro en la naturaleza, escondido en lo más profundo, y que de pronto emerge con una fuerza vandálica. Y que revela la extrema fragilidad de las personas, empujadas a enfrentarse a transformaciones radicales que las dejan abandonadas a su suerte, desamparadas. Los artistas son los cronistas que revelan esos paisajes internos habitados por el desorden. Y resulta revelador que en unas cuantas pinturas, incluso solo en unos cuantos autorretratos, asome sin tapujos la perplejidad y el desvalimiento que se agitaban en lo más oculto en la Europa de principios del siglo XX. Es eso lo que llevó a su obra Paula ­Modersohn-Becker, a quien se ha calificado como la artista más grande de Alemania. Lo dijo Georg Baselitz, ese maestro del expresionismo que murió hace unos meses y que también se dedicó en su trabajo a reflejar la cólera y el sufrimiento.

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