Alejandro Castañeda
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Christa Pike fue condenada a muerte en Tennessee por el asesinato hace tres décadas de Colleen Slemmer, una compañera de la escuela. Su ejecución por inyección estaba programada para el 30 de septiembre. Ese día, las cortinas del recinto mortal se levantaron a las 7:27 p.m. Pike, atada a una camilla, pronunció sus palabras finales: “Voy a dejar este mundo como he vivido la mayor parte de mi vida: con amor”. En un momento, tras ser inyectada, levantó la cabeza y preguntó a los funcionarios si era normal que su brazo se sintiera de esa manera. A las 8:26 p.m. se administró la segunda dosis de pentobarbital. Pero Pike continuaba viva y se la escuchó roncar detrás de la cortina. A las 8:53 p.m. el micrófono fue cortado y la trasladaron al hospital.
Tras presentar sus abogados una moción de emergencia por “sufrimiento innecesario”, Robin M. Maher, directora ejecutiva del Centro de Información sobre la Pena de Muerte, calificó el caso de “singular e incomparable”, porque ninguna persona había permanecido con vida tras recibir los fármacos letales en una ejecución.
Ahora Christa se repuso, ya pudo hablar y creen que en pocas semanas estará en condiciones de describir la fallida excursión por las orillas de la muerte. Es asombroso que ese cuerpo se las haya ingeniado para soportar un duplicado pinchazo letal. Los científicos califican como inexplicable el haber sobrevivido. Ahora los abogados de la condenada están trabajando sobre este caso de martirio innecesario y hacen cuentas para que esta moribunda que postergó su final obtenga alguna compensación y reconocimiento por ser dueña de una anatomía tan empecinada y resistente.
Este rarísimo fenómeno respalda a quienes cuestionan los alcances de una religión cientificotecnológica, que se erige orgullosa por encima de dioses y misterios para exponer sus verdades como hechos irrefutables. Aquí la ciencia quiso matar y se quedó con ganas. Un organismo, atacado y exhausto, le opuso inconsciente resistencia. El filósofo Cioran hablaba de “la tentación de existir”, sugiriendo que el lenguaje del cuerpo es más franco que el de las palabras. Ni siquiera una dosis redoblada de veneno logró abatirlo. La ciencia, aunque le cueste admitirlo, debería reconocer que hay algo inexplicable y sagrado que a veces escapa a sus rigurosos métodos. Para ella sólo vale todo lo que puede demostrarse científicamente. Lo demás es algo que habita en el reino de lo incierto, ese territorio de oscuridad y misterio donde la ciencia y la técnica enmudecen y solo brilla el asombro.
Aquí la ciencia quiso matar y se quedó con ganas
Sin embargo, lo único cierto es que la vida es incierta. Y que una de sus ocurrencias quizá sea ponerse a salvo cuando inyecciones asesinas quieren llevarse puesta a una condenada que andaría deseando que este suplicio por fin terminara. Quizá ahora, fortalecida por un salvoconducto que le trajo el destino, se amigue con la vida y se pueda arrepentir en serio de haber matado, a golpes y puñaladas, a su amiga Colleen. La cuota de misterio que rodea a este impensado desenlace de alguna manera desafía la infalibilidad de la ciencia, que desdeña todo lo que no puede ser explicable y que ahora no sabe cómo interpretar este fenómeno que le agrega una disyuntiva más a este mundo que nunca revela todos sus secretos.
¿Qué hacer con esta condenada? ¿La están curando para intentar matarla otra vez? Cómo explicar este maléfico plan que pone a los médicos ante los jueces en un desenlace que por ahora está en suspenso y que le permitiría a la aguantadora Pike reservarse el derecho a seguir soportando inyecciones y a seguir reviviendo.
Fue sutil y generosa manera de burlar la muerte que ha tenido la anatomía prodigiosa de esta asesina cruel que había matado porque sí a su amiga. Christa confesó que ese día Colleen se negaba morir, que dejó de existir tras una dolorosa agonía que no terminaba nunca. Lo que jamás imaginó es que las puñaladas y golpes que lanzó hace treinta años, iban a enseñarle a resistir a las inyecciones de hoy.
Evidentemente, no es tan fácil extinguir una vida humana. El presidio de Tennessee hoy es testigo de un hecho milagroso: dejó que la vida salte por encima de la muerte en una ejecución que anduvo haciendo equilibrio entre la resurrección y el misterio.