Alejandro Castañeda
afcastab@gmail.com
SOLIDARIO.- Nos vamos quedando sin salvadores. Ese Zorro que daba alegrías a los chicos del barrio El Peligro, cayó para siempre en su última galopada. ¿Heredará algún vecino su atuendo y su vocación? La cosa no está para disfrazarse de bueno cuando los malos, tan a la vista, cosechan efectivo y no sonrisas. Al Zorro lo doblegó la muerte, esa invencible. Látigo, capa y antifaz se llamaron a silencio. Y su Z regaladora, que trotaba con caramelos y sorpresas, quedó esperando algún vecino deseoso de poder ser otro durante un rato y ganar así miradas y aplausos. La del Zorro, como aquel Batman de enfermería que andaba llevando algarabía a chicos hospitalizados, era una presencia que desafiaba tímidamente los bordes puntiagudos de una ciudadanía que convive malamente con tantos villanos disfrazados de personajes. El Batman céntrico y el Zorro suburbano eran festejadas excepciones de una ciudad en la que faltan chiches y sobra miedo. Por eso la Z, siempre bienvenida, será recordada en su barriada. Como había sido buen jinete en su juventud, cuando salía la luna se presentaba impecablemente montado, todo de negro, no prometiendo justicia –que eso, por estos pagos es algo que está más cerca del milagro que de la hazaña- sino para echar una mano donde sea, llevando compañía y golosinas, pero sobre todo tratando de darle sabor a una niñez que cree más en el WhatsApp que en los héroes de fábula. Batman no pudo conseguir sucesor y a la capa del Zorro le va costar encontrar nuevo dueño. La fantasía tiene fecha de vencimiento y estas ausencias ensanchan ese vacío. A los justicieros de historietas ya no los hereda ni los extraña ni los disfruta ningún chico. Los caramelos a caballo no aparecerán más por El Peligro.
El Batman céntrico y el Zorro suburbano eran festejadas excepciones de una ciudad en la que faltan chiches y sobra miedo
CRÉDULA.- A la que se le fue la mano por creer demasiado es a esa vecina de General Madariaga que, por hacerle caso a sus ilusiones y a su soledad, imaginó haber hecho contacto con Kevin Costner y empezó entonces a intercambiar mensajes mimosos con quien acabó resultando un estafador. Ella –dicen- una setentona de buen pasar y bien llevada, había empezado a lucir mejor semblante en los últimos meses. Vivía a puro preparativo. El embaucador avanzó cuidadosamente de a poco. Todo empezó en enero y recién en mayo le hizo el primer pedido. Era un tramposo paciente que gastó mucho tiempo en seducir a una vecina deseosa de conocer el cimbronazo de algún famoso, una mujer sencilla y querendona que eligió no desconfiar y seguir alimentando su fantasía. Recién en mayo, este Costner sin apuro le pidió más de tres millones de pesos para poder ingresarla a su club de fans, con carnet y todo. Y ella se los transfirió. Y unos días después llegó el carnet a Madariaga. La fans diplomada andaba muy dichosa mientras a Kevin lo seguía de cerca y lo iba deseando gracias a Netflix. En su delirio, soñaba con algún encuentro presencial en Hollywood o Madariaga. Pero el encanto empezó a tornarse dudoso cuando el estafador le sugirió: “vendé tu propiedad y transferime ese dinero en moneda argentina así te compro una casa en Hollywood, al lado de la mía”. Recién allí, la pobre señora comenzó a sospechar: hasta ese día, todo podía ser cierto, pensó, pero lo de mandar moneda argentina para hacer una operación en Los Angeles suena imposible. Aun así, tasó su casa. Porque es difícil convencer a esos que no quieren dejar de creer en lo que sueñan. Al final, con tres millones menos y un sabor amargo en su alma, la doña de Madariaga se confesó zonza y crédula. Hizo la denuncia. Y desde ese día, no habrá dormido una sola noche tranquila en esa cama engañadora.
Hay viudas negras pero también viudas ingenuas que, solas y aburridas, son capaces de gastar ilusiones y plata en cuentos increíbles. Al costoso carnet de fans lo conserva como el señuelo de un sueño imposible que la ayudó a concebir esperanzas de bajo presupuesto. Fueron cuatro meses escuchando frases románticas. En ese lapso, mejoró su vestidor (nada que ver con el de la Cirio) y se fue reacondicionando para el encuentro, dejando que cada noche su imaginación la llevara a Hollywood. ¿Se creía el cuento o quería creer para amenizar su desabrida realidad? Mal o bien, por tres millones pudo vivir otra versión de ella durante cuatro meses. Al final, Kevin Costner le hizo precio.