“Me quedan dos minutos de teléfono. No sé si mañana seguiré vivo. Si volvemos a hablar, te lo agradeceré muchísimo”. Estas son las últimas palabras de una conversación de EL PAÍS con Dawit Tesfay, pseudónimo por razones de seguridad de un etíope de 24 años que desde hace ocho meses espera en la cárcel saudí de Jamis Mushait la ejecución de su condena: la muerte por decapitación. Tesfay fue sentenciado por un delito relacionado con drogas después de un juicio que duró apenas unos minutos y en el que no tuvo abogado ni intérprete, según cuenta él y han documentado organizaciones defensoras de derechos humanos en docenas de casos similares.

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