Comparo la pequeña maleta con la que viajo ahora con el equipaje de la primera vez que salí al extranjero y entiendo hasta qué punto se ha vuelto corriente esto de ir a conocer mundo: mis padres, los pobres, prepararon aquella semana fuera de casa como algo épico y empacaron tantos bultos que podríamos haber pasado por coetáneos de Lady Blessington, una escritora amiga de Byron de quien se cuenta que recorrió la Europa de 1827 en un carruaje provisto de colchones, ropa de cama de plumón de cisne, aseo, tocador, batidores de huevo, moldes de suflé para el chef que la acompañaba y una pequeña biblioteca. Unos años después, cuando empezó el boom de las aerolíneas low-cost (los lunes, en clase, siempre había algún compañero que había pasado el fin de semana en Bérgamo), la gente aún solía facturar equipaje sin importar lo corto que fuese a ser su viaje.
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