Es 9 de agosto de 1997 y llevo una caja fina de cartón entre las manos. Pizzeria Sole Mío, se lee en la tapa. Hemos pedido pizzas para llevar porque los niños no comemos sardinas —demasiadas espinas— y dentro de la caja viaja una Margarita, que, en este caso, lleva un huevo frito en el centro. Mi favorita. La sostengo con cuidado procurando que no se incline para que no le pase nada al huevo. Nada significa que la yema, saltarina y aventurera, decida independizarse de la pizza y quedarse en la tapa de la caja, para que mi hermano y yo tengamos que despegarla con un tenedor.
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