Esta nota fue publicada en noviembre de 2019
En su casa en Canadá, el físico y filósofo argentino que acaba de cumplir 100 años cuenta por qué sigue combatiendo a las "pseudociencias", entre las que incluye al psicoanálisis, y por qué se arrepiente de haber sido comunista y también gorila
¿Qué le parece vernos mañana domingo, a las 15? La invitación de Mario Bunge, una semana después de haber cumplido 100 años, implicó atisbar en el mundo de quien es considerado el filósofo más universalista nacido en Latinoamérica, más precisamente en Buenos Aires el 21 de septiembre de 1919.
En el hall del edificio de Westmount Park diseñado por Mies van de Rohe donde vive Bunge encontramos casualmente a Marta Cavallo, su segunda esposa. "No me avisó de la entrevista. Siempre me hace lo mismo. Pero suba".
Junto a la puerta abierta de su departamento esperaba de pie ese apasionado racionalista que escribió unos 70 libros y que dedicó gran parte de ese siglo de vida a concebir una filosofía propia que él llama materialismo sistémico y a combatir encarnizadamente las pseudociencas, en las que incluye al psicoanálisis y medicinas alternativas.
Su denuncia de quienes llama "macaneadores acríticos" lo han hecho blanco de ácidas diatribas por parte de los sen~alados. Bunge no retrocede. No le importa cuán solo pueda estar ni los enemigos que se granjee. Convencido de que lo único valioso es la verdad alcanzada con métodos científicos arremete sin hesitación.
Escuchándolo y leyéndolo se advierte que no es la obcecación lo que lo impulsa sino la plena convicción de lo que expresa. De acuerdo o no con él es difícil no admitir su honestidad intelectual. Nunca intentó morigerar sus afirmaciones con el fin de no molestar. Ahora, a los cien años y en plena lucidez, menos que menos va a andar con remilgos.
Fiel a su irrenunciable búsqueda de la verdad ejerce el rigor contra sí mismo. Se arrepiente de haber sido comunista y también gorila, de haberse opuesto al voto femenino y de haber dedicado muchos años a entender a Hegel, a quien considera un reaccionario. Ateo irredimible, aprecia la tarea del Papa Francisco. Implicado siempre en causas sociales y análisis político, tiene muy mal concepto de la gestión del presidente Mauricio Macri.
Afectado de una sordera que alivia con audífonos y hablando con voz trémula producto de su longevidad se desarrolló el diálogo entre muchos libros de la amplia biblioteca, no sin antes preguntar si estaba despeinado para sacarse fotos. "Desde este estante para abajo son libros de mi autoría. De ahí para arriba son libros en los que escribí algún capítulo".
Doctor, ¿cómo celebró su centenario? [Las tarjetas de felicitación se amontonan sobre la mesa de café].
Me gustó que viniesen a festejar mi centenario tres de mis hijos, dos de mis nietos y dos de mis exalumnos. Recordamos episodios cómicos, comentamos algunos acontecimientos recientes y yo les adelanté algo de mi próximo libro.
Su posición ha sido siempre la de aceptar verdades que se sostengan con evidencias científicas. Sin embargo, el mundo parece hoy más arrastrado que nunca a dejarse llevar por reacciones emocionales y las noticias falsas se difunden para validar prejuicios. ¿Cómo ve usted este fenómeno? ¿Por qué llegamos a esto?
Usted ve eso debido la influencia del presidente Trump, quien por lo visto no cree en la verdad. Hoy se habla de la posverdad y cosas parecidas. Todo esto se ve amparado por determinados filósofos que se inspiran en Nietzsche y en otros nazis y prenazis como Heidegger. Pero claro, ellos nunca buscaron la verdad. Por eso no la encontraron y por eso dicen que no existe. Pero mucho peor es difundir mentiras, como por ejemplo el racismo. Son mentirosos profesionales y por eso tienen mucho seguidores. Es más fácil seguir a quien dice que no existe la verdad que seguir a quien busca la verdad. Los que buscan la verdad se llaman científicos. Yo no sabría decirle si realmente este es un fenómeno nuevo o viejo. No contamos con estadísticas. No sabemos bien qué fracción de la población cree en esos macaneadores.
Si consideramos que algunos son elegidos democráticamente, deberíamos inferir que en esos casos se trata de una fracción mayoritaria...
Bueno... en algunas partes. En Estados Unidos, seguro. Y claro, Estados Unidos, siendo como es cabeza del único imperio tiene mucha influencia. Pero no seamos tan pesimistas. La mayor parte de la gente vive gracias a que cree en la verdad. Creen que el pan es nutritivo, creen que las vacaciones son necesarias, creen que hay injusticia social... La mayor parte de la gente es normal y sabe que la verdad no solamente es buena en sí misma, sino que es un medio para llegar a la prosperidad o, por lo menos, a ganarse el pan de cada día.
Pero algunas corrientes no racionales, como las religiones por ejemplo, se mantienen vigentes y vigorosas.
Sí, eso es cierto. Pero mire... en la Argentina, a pesar de todo, Sarmiento sigue siendo apreciado. Nadie se atreve a discutir la importancia que tuvo Sarmiento. Uno puede reconocer algunas de sus flaquezas, como por ejemplo que considerara mal a los indígenas. Pero en general se admite que tuvo razón en muchas cosas. No solo fue un hombre muy progresista, sino también un militante muy combativo contra la injerencia de la Iglesia Católica en contra de lo que eran incumbencias cívicas.
¿Cómo ve usted el porvenir de la filosofía de la ciencia?
En este momento está muy mal porque predominan las filosofías oscurantistas o simplemente indiferentes a la ciencia. Entre los indiferentes están los seguidores de Ludwig Wittgenstein, a quien nunca le interesó el conocimiento. Pero hay una cosa cierta y es que la juventud se interesa cada vez más por la ciencia. Justamente acabo de escribir una pequeña alocución a un grupo de estudiantes de Ciencias de la Universidad de La Plata, diciéndoles cuán suertudos que son. Cuando yo empecé a estudiar Física en el año 38, ninguno de mis profesores, ¡ninguno!, hacía investigación. Hoy en día casi todos los profesores titulares de Física son investigadores. Ha cambiado enormemente la cosa. Muy pocos de nosotros nos dimos cuenta de esa carencia, de ese déficit, y nos juntábamos para reunirnos por nuestra cuenta en seminarios tanto en La Plata como en Buenos Aires. Yo participaba de los dos seminarios. Era enormemente estimulante porque teníamos con quienes cuestionar los primeros ensayos que hacíamos. Hoy, los estudiantes son muy suertudos e incluso siguen estudiando, siguen trabajando a pesar de que el gobierno de Macri era contrario a la investigación científica y contó con el rechazo de la comunidad científica.
En su momento usted ponderó el apoyo del kirchnerismo a la ciencia..
Sí, pero si lo consideramos englobado en lo que ha sido el peronismo, fue un apoyo muy parcial porque hay que recordar que los peronistas arruinaron la Universidad, la avasallaron exigiendo la subordinación de los profesores a la llamada Doctrina Nacional. A quienes no acatábamos esa orden nos echaban. Nos impedían incluso que nos ganáramos la vida. No podíamos conseguir trabajo. Por eso el apoyo del peronismo fue ambiguo. Era la ciencia permitida. Ciencia vigilada por el poder político. Más o menos como en Alemania, con la diferencia de que en Alemania había una enorme cantidad de científicos, en particular judíos, que son los que emigraron y fueron a enriquecer la cultura norteamericana. Cuando terminó la guerra, Perón fletó un avión y así vinieron unos 300 o 400 científicos alemanes. Ninguno de ellos prosperó, con excepción de Ronald Richter .Perón se dejó engañar por él y creyó que podría hacer la bomba atómica y con ello controlar el Cono Sur. Lo engañó, aunque Ronald Richter no era un macaneador cualquiera. Tuvo la valentía de tratar de hacer tecnología nuclear en medio del desierto. Pues no lo consiguió y, además, no solo no lo consiguió, sino que por la falta de cemento metió la mula haciendo mezclas con cantidades inferiores de ese insumo, y entonces varios de los edificios que se hicieron en esa época se derrumbaron.
¿Cómo se entiende el peronismo, un partido en el que han convivido expresiones ideológicas de ángulos tan extremos?
Eso me recuerda que cuando Gino Germani se exilió, yo le pregunté: ¿por qué te fuiste de la Argentina? Y me contestó: yo me fui de Argentina porque nunca entendí al peronismo. Y se trataba del sociólogo y politólogo más destacado de todos. Y quien no entiende el peronismo, no entiende la Argentina. El peronismo es un fenómeno único, porque, como usted dice, aunó influencias de todo tipo. Desde fascistas hasta comunistas. Pero lo importante no fueron los hechos marginales. Lo importante es que encabezó un movimiento político enorme, completamente nuevo, original, que nunca se había dado. Gino Germani intentó explicarlo ideológicamente en términos de lo conocido. Pero no pudo. Era un movimiento político totalmente nuevo que no ganaba elecciones porque se declarara comunista o socialista. Las ganó porque llenó un vacío que habían dejado los partidos tradicionales. Ni los radicales ni los socialistas habían logrado lo que Perón logró: que los sindicatos fueran escuchados. Es cierto también que se trataba de sindicatos maniatados, sindicatos dominados por el partido peronista, pero eran sindicatos obreros y por primera vez en la historia argentina hubo un movimiento obrero que llegó a participar del poder.
Usted fue muy antiperonista. ¿En qué cambió?
Yo reconozco que me equivoqué. Reconozco que tampoco entendí al peronismo, simplemente porque el peronismo atacó a los universitarios y a las universidades, y yo tomé la defensa de eso. Fui gorila. Lo confieso con toda vergüenza, mi iracundia política no llegó a entender al peronismo. Yo recuerdo cuando Perón les decía a los peones rurales que rompiesen los candados de las tranqueras de las estancias. Él mismo no lo tomó en serio, pero animó a los peones a votar por él y no por los conservadores, como pasaba antes. Las elecciones durante el gobierno de Perón fueron libres. Fueron elecciones auténticas. Los conservadores no pudieron levantar cabeza, salvo en la provincia más atrasada: San Luis. El senador por San Luis era conservador.
Usted fue marxista en su juventud y hoy se define como un socialista democrático. ¿Es así?
Me di cuenta demasiado tarde de que los comunistas no son socialistas. El socialismo significa la socialización de todos los poderes: el económico, el político y el cultural. El socialismo implica la democracia y no la dictadura. Y es la extensión de la democracia al ámbito económico. En la Argentina hubo democracia cultural desde la Ley 1420 de educación gratuita, laica y obligatoria.
Curiosamente, lograda en la presidencia de Julio A. Roca.
Roca fue el único mandatario argentino que se animó a expulsar al Nuncio Apostólico. Es cierto que fue muy contradictorio. Por una parte, hizo la campaña contra los indios y distribuyó entre sus amigos, los ricachos de Buenos Aires, a los prisioneros indígenas. Pero también es cierto que impulsó la Ley 1420 y varias otras iniciativas. No fue del todo malo como nos enseñaron a nosotros. Es decir, fue típicamente argentino: mitad bueno y mitad malo. Sí... típicamente argentino.
¿Por qué dice usted que la peor pseudociencia es la ortodoxia económica?
Porque es la que más daño ha hecho. Porque la ortodoxia económica, en particular en el Tercer Mundo, proclama el libre comercio con lo cual impide el desarrollo de la industria nacional que no puede competir con la industria importada. Le siguen muy de cerca las pseudomedicinas –como llaman a las medicinas alternativas–, como la homeopatía, la acupuntura, el psicoanálisis y demás macanas. No tienen el apoyo de la experimentación y hacen daño porque mientras tanto la enfermedad sigue su curso y no se detiene con unas pocas gotas homeopáticas. Pero lo peor es que en la Argentina es, como en unos pocos otros países, la homeopatía y la acupuntura se enseñan en la Facultad de Medicina. Y la enseñan médicos. Por ejemplo, en las revistas homeop…