Hay quienes afirman con liviandad que la industria argentina nació al calor de los subsidios, de la protección o de beneficios impositivos. Es una idea que se quiere instalar y que, además de ser injusta, revela un profundo desconocimiento de la historia económica de nuestro país.
La industria argentina nació como consecuencia natural del talento de nuestra gente, de la inmigración, de la educación técnica, del espíritu emprendedor y de una economía que encontraba en la transformación de los recursos naturales una manera de generar más riqueza.
A comienzos del siglo XX, la Argentina era una de las economías más dinámicas del mundo. La potencia agropecuaria y una industria en pleno desarrollo impulsaban el crecimiento del país. Los frigoríficos, los molinos harineros, los talleres ferroviarios, la metalurgia, la industria alimenticia, el cuero, el calzado, los textiles y cientos de pequeñas fábricas comenzaron a desarrollarse porque existía una sociedad con vocación de producir, invertir e innovar.
No fue casualidad que Ford, por ejemplo, eligiera instalar su tercera filial fuera de Estados Unidos en la Argentina, en 1913. Tampoco fue casualidad que, entre las últimas décadas del siglo XIX y la primera mitad del siglo XX, se fundaran o llegaran General Motors, Fiat, Peugeot, Mercedes-Benz, Siam, Acindar, Techint, Alpargatas, Bunge & Born, Loma Negra, Astra, Dálmine, Bagley, Molinos, Celulosa Argentina, La Cantábrica, FATE, Rigolleau, Cervecería Quilmes, La Martona, AGFA, Astra, Ledesma, Grafa, Terrabusi, Canale, Ferrum, Alba, Ducilo, Arcor y tantas otras compañías que marcaron una época.
Muchas de ellas fueron líderes en Sudamérica y construyeron un entramado productivo sofisticado y competitivo.
La Argentina fue pionera en esta construcción por el tamaño y tracción de sus empresas, pero principalmente por la calidad de su capital humano. Nuestras escuelas técnicas formaban profesionales reconocidos en toda América Latina. Nuestros ingenieros participaban en grandes proyectos regionales. Nuestros técnicos eran convocados para transmitir conocimientos en Brasil, México y otros países. En numerosos sectores industriales, desde la maquinaria agrícola hasta la cerámica, la siderurgia, la metalurgia y la industria automotriz, el conocimiento argentino era una referencia.
Durante años, la Argentina fue una de las economías industriales más desarrolladas del continente. Pero en términos de valor agregado industrial per cápita, en los últimos 40 años la Argentina creció 110%, mientras que Brasil y México crecieron casi 700%. Estos dos países construyeron, durante muchos años, política productiva: condiciones más favorables para invertir, exportar, financiarse y ganar escala, mientras la Argentina fue acumulando distorsiones que terminaron frenando su desarrollo.
Con el correr de los años, la Argentina creó un sistema que fue aumentando la presión tributaria hasta niveles récord, multiplicó regulaciones, encareció el empleo formal, redujo el crédito productivo, castigó las exportaciones con retenciones y convivió durante años con inflación, inestabilidad macroeconómica y cambios permanentes de reglas de juego.
Paradójicamente, muchas de las políticas que pretendían proteger a la industria terminaron debilitando su competitividad. Los subsidios cruzados y las distorsiones, lejos de fortalecer al sector productivo, escondieron los problemas estructurales mientras la capacidad de competir con el mundo se deterioraba lentamente.
Nuestro ADN industrial existe desde hace más de un siglo. Está presente en miles de pymes familiares que atravesaron generaciones, en los técnicos que siguen resolviendo problemas complejos todos los días, en los ingenieros que diseñan productos de clase mundial, en las empresas que exportan desde cientos de localidades del interior y en la enorme capacidad de transformar materias primas en bienes con valor agregado, conocimiento y empleo.
Ese es, probablemente, el mayor capital estratégico de la Argentina.
Los recursos naturales por sí solos no generan desarrollo. El verdadero valor aparece cuando una sociedad tiene el conocimiento para transformarlos, procesarlos, diseñarlos, transportarlos, venderlos y competir globalmente. Allí reside la diferencia entre un país que simplemente extrae recursos y otro que crea valor.
El desafío argentino es potenciar una industria que ya existe, que tiene capacidades, conocimiento y una enorme diversidad productiva. Eso implica trabajar en la estabilidad macroeconómica, la reducción de la presión impositiva, la modernización laboral, el financiamiento productivo, las inversiones en energía e infraestructura, la educación técnica, la innovación, la ciencia aplicada y las reglas de juego previsibles.
La Argentina tiene una vocación industrial. La discusión es si vamos a seguir frenando ese enorme potencial con un sistema lleno de distorsiones o si finalmente vamos a darle la libertad para desplegar toda su capacidad creadora.
Porque el ADN industrial argentino es parte de nuestra historia, de nuestra identidad y, principalmente, de nuestro futuro como país.
El autor es presidente de la Unión Industrial Argentina (UIA)