Dormir debería ser una de las actividades más sencillas de la vida cotidiana. Acostarse, cerrar los ojos y dejar que el cuerpo haga el resto. Sin embargo, para una parte importante de los jóvenes argentinos, la noche dejó de ser un momento de descanso asegurado. El sueño se demora, se corta, se acorta o directamente no alcanza. Y muchas veces, al día siguiente, la sensación es la misma: haber dormido pero no haber descansado.

Los datos disponibles muestran que no se trata solamente de una percepción aislada. Una encuesta de Voices y la Worldwide Independent Network of Market Research (WIN), realizada en 39 países y con casi 35 mil participantes, encontró que en Argentina el 38% de la población declara que no duerme bien con frecuencia. Pero cuando se mira por edades, aparece un dato especialmente significativo: los jóvenes de 18 a 24 años son el grupo que más problemas de sueño declara, con un 46%. La dificultad también es mayor entre quienes viven en el Gran Buenos Aires, donde alcanza al 49%.

El especialista Arturo Garay, médico neurólogo especialista en trastornos del sueño y jefe de la Sección de Medicina del Sueño del Cemic, coincide con esa percepción. “La problemática de dormir mal parece mayor en personas jóvenes”, señala en diálogo con EL DIA. Y detalla que los jóvenes de entre 18 y los 24 años, el 42% refiere tener un descanso inadecuado.

5 de cada 10 argentinos de entre 18 y 24 años declaró tener problemas para dormir

Las cifras de ambos relevamientos no son exactamente iguales porque corresponden a mediciones y criterios diferentes, pero apuntan en la misma dirección: la población joven aparece de manera reiterada entre quienes tienen mayores dificultades para dormir.

El problema tampoco parece reducirse a la cantidad de horas. Garay explica que actualmente el sueño se entiende como un fenómeno “multidimensional”. La duración importa, pero también la regularidad, la fragmentación y la percepción que cada persona tiene sobre su descanso. Una persona puede pasar varias horas en la cama y, aun así, levantarse con la sensación de no haber recuperado energía.

En la encuesta del Observatorio de Psicología Social Aplicada (OPSA) de la Facultad de Psicología de la UBA, realizada en 2025 sobre 2.213 personas de todo el país, seis de cada diez participantes dijeron tener dificultades frecuentes u ocasionales para dormir. Apenas el 22% afirmó no tener problemas de sueño. El indicador viene mostrando un deterioro importante: en marzo de 2020, el 10,5% de los encuestados decía dormir poco; en 2025 esa proporción había trepado al 38,2%.

El dato adquiere otra dimensión cuando se lo cruza con la edad. El mismo relevamiento encontró que los jóvenes de entre 18 y 29 años presentan los indicadores más altos de ansiedad, depresión y riesgo de problemas de salud mental, mientras que esos valores mejoran a medida que aumenta la edad. El sueño aparece así dentro de un cuadro más amplio de malestar que afecta especialmente a los adultos jóvenes.

UNA NOCHE ATRAVESADA POR PANTALLAS

En la vida de los jóvenes, además, la noche ya no está separada del resto del día. El teléfono permanece al alcance de la mano, las redes sociales continúan durante la madrugada y las conversaciones, el entretenimiento, el estudio y hasta el trabajo pueden extenderse hasta el momento de acostarse.

Garay señala que entre los jóvenes los problemas para iniciar o mantener el sueño tienen, en buena medida, relación con el uso de pantallas. Pero advierte que el fenómeno es más complejo. El contexto social también interviene: las condiciones habitacionales, el estrés económico y las preocupaciones cotidianas pueden dificultar el descanso.

A eso se suman factores ambientales. La exposición excesiva a la luz artificial durante la noche y, en sentido contrario, la escasa exposición a la luz natural durante la mañana pueden alterar los ritmos circadianos. “Nos levantamos, vamos al trabajo o al lugar de tareas y entonces no recibimos una cantidad suficiente de estimulación lumínica como para ponernos en modo día”, explica.

El cuerpo necesita señales para distinguir el día de la noche. Cuando esas señales se vuelven confusas —una pantalla encendida de madrugada, poca luz natural al despertar, horarios que cambian constantemente— también puede alterarse el reloj biológico.

“Cuando concurren a la consulta se indican una serie de medidas que tienen que ver con técnicas de relajación, el uso de técnicas de yoga con la respiración abdominal profunda o la meditación. El tratamiento farmacológico se reserva para una segunda instancia si el paciente no mejora”

Arturo Garay Médico

Neurólogo Especialista en trastornos del sueño

Por eso, hablar simplemente de “dormir poco” puede resultar insuficiente. El sueño también puede estar fragmentado, ser irregular o producir una percepción de descanso deficiente.

EL SUEÑO QUE SE NEGOCIA

Ante el problema, muchos jóvenes intentan resolverlo por su cuenta. Garay observa que suelen conversar entre ellos sobre sus dificultades y probar distintas estrategias antes de consultar a un especialista. Aparecen así infusiones, suplementos y otros productos de venta libre. Valeriana, tilo, magnesio y otras sustancias forman parte de ese repertorio.

Pero las respuestas son variables. Para el especialista, algunas medidas relacionadas con los hábitos pueden ser más importantes. En los adultos jóvenes, por ejemplo, recomienda realizar ejercicio físico intenso durante la mañana cuando sea posible, porque puede favorecer la conciliación y profundidad del sueño. En cambio, cuando la actividad física intensa se realiza por la noche, puede dificultar el momento de conciliarlo.

También menciona técnicas de relajación, respiración abdominal profunda, meditación y yoga. Cuando el problema persiste, la consulta médica permite evaluar qué está ocurriendo y decidir si hace falta un tratamiento específico. En el caso del insomnio, Garay destaca además el papel de la terapia cognitivo-conductual y la importancia de abordar los niveles de estrés.

Porque el sueño no sucede en una burbuja. Una generación que enfrenta incertidumbre económica, sobreexposición digital, horarios cada vez más flexibles y una conexión permanente con el mundo exterior también lleva esas preocupaciones a la cama.

DORMIR NO ES TIEMPO PERDIDO

Hay algo más profundo detrás de esta dificultad. En una época en la que estar disponible parece una obligación y descansar puede confundirse con perder tiempo, el sueño suele quedar relegado al final de la lista.

Sin embargo, Garay remarca que el sueño es uno de los factores fundamentales para la salud. No es simplemente un intervalo en el que el organismo queda en pausa. Durante el descanso nocturno se ponen en marcha funciones biológicas esenciales y su calidad repercute sobre distintos aspectos del funcionamiento cotidiano.

Por eso, la pregunta no debería ser solamente cuánto duerme un joven. También habría que preguntar cómo duerme, cuándo duerme, cuán regularmente lo hace y cómo se siente al despertar.

Los datos de las encuestas muestran una señal de alerta. El mal descanso no es exclusivamente un problema de los adultos mayores ni una consecuencia inevitable de la edad. Por el contrario: en Argentina, los jóvenes aparecen entre quienes más dificultades reconocen.

Quizás por eso resulte necesario dejar de pensar que dormir mal es simplemente una característica de esta etapa de la vida. Puede haber noches cortas, jornadas largas y obligaciones que no esperan. Pero cuando el mal descanso se vuelve habitual, el cuerpo termina pagando el costo de una deuda que no siempre se puede saldar durante el fin de semana.

LOS NÚMEROS DEL SUEÑO

46% de los argentinos de 18 a 24 años declara tener problemas para dormir, según la encuesta Voices/WIN 2025.

49% es la proporción entre los residentes del Gran Buenos Aires que reportan dificultades para dormir.

38% de los argentinos dice no dormir bien con frecuencia.

6 de cada 10 participantes del relevamiento del OPSA dijeron tener dificultades frecuentes u ocasionales para dormir.

38,2% declaró dormir poco en 2025, frente al 10,5% registrado en marzo de 2020.

NO ES SOLO CUESTIÓN DE HORAS

El sueño tiene varias dimensiones. Según Garay, para evaluar un buen descanso hay que mirar:

❑ Duración: cuánto tiempo se duerme.

❑ Regularidad: si los horarios de sueño se mantienen relativamente estables.

❑ Fragmentación: si el descanso se interrumpe durante la noche.

❑ Calidad percibida: cómo se siente la persona después de dormir.

❑ Dormir muchas horas no garantiza necesariamente un descanso reparador.