Los Ortiz dormían vestidos por si la casa ardía esa noche. Los Ortiz, o los Brennan, o los Washington, da igual, podría ser cualquier apellido, podría ser un apellido como el tuyo, exactamente igual que el tuyo. Vivían en South Bronx, en edificios de casi cien años, de fachadas de ladrillo con cuatro o cinco o seis plantas y ningún ascensor, y se acostaban con la ropa del día siguiente puesta, con los zapatos puestos, los niños sobre todo, porque bajar tres pisos en calcetines por una escalera en llamas podía suponer la diferencia entre vivir o morir. Las madres dejaban una bolsa junto a la puerta con documentos, una foto de la familia, el dinero en metálico que tuviesen disponible, siempre la misma bolsa, lista, como la gente que vive cerca de un frente de guerra. Porque, de algún modo, la década del fuego de Nueva York fue un frente de guerra.
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