Ted Lasso, temporada 4
Volver donde uno fue feliz
★★★ 1/2
Disponible en: Apple TV+
duración: 10 episodios
género: comedia / deporte
Tres años después de un final que parecía definitivo, Ted Lasso vuelve a Apple TV: el entrenador del bigote (Jason Sudeikis) deja Kansas y regresa a Richmond, ahora al frente del flamante equipo femenino del club, en segunda división. Rebecca (Hannah Waddingham), Keeley (Juno Temple) y Higgins (Jeremy Swift) viajan a Estados Unidos a buscarlo con una oferta imposible de rechazar.
El problema es que la temporada quiere ser dos cosas a la vez: reencuentro de egresados y borrón y cuenta nueva. Funciona bastante mejor como lo segundo. Ningún episodio pasa la hora, se recortan los excesos de la tercera temporada y asoman caras nuevas —una arquera que se niega a usar guantes, una jugadora que además es madre soltera, la áspera ayudante de campo que compone Tanya Reynolds—, pero la serie se resiste a correr del centro a los viejos protagonistas, y el idilio intermitente de Roy y Keeley perdió el encanto hace varias temporadas.
Sigue siendo, de todos modos, el mismo azúcar de siempre: eficaz, elemental y, para muchos, exactamente lo que buscaban. Como toda secuela correcta: no era necesaria, pero se deja ver.
Los domingos
Entre la razón y la fe
★★★★
Disponible en: cines
duración: 115 minutos
género: drama
Ainara (Blanca Soroa), 17 años, buena alumna y huérfana de madre, anuncia que quiere entrar en un convento de clausura. La noticia detona a la familia: el padre se paraliza y la tía Maite (Patricia López Arnaiz), atea, se niega a aceptar que esa elección sea libre y sospecha culpa, vacío y una institución experta en detectar fragilidades.
Lo mejor de la película —Concha de Oro en San Sebastián y Goya a mejor film— es que no convierte eso en un duelo entre razón y fanatismo: nadie discute desde un lugar puro, todos hablan también desde sus propias pérdidas. Soroa sostiene una opacidad calculada; los demás intentan traducirla, ordenarla, rescatarla, y ella persiste. López Arnaiz compone a una mujer sensata que cruza límites en nombre de una convicción que cree justa, hasta volverse villana a su pesar. El argentino Juan Minujín, como su marido, ventila un poco esa casa asfixiada.
El título no alude solo al día sino a una frecuencia moral: cada encuentro obligado reabre la discusión con otra temperatura. Hay cierto efecto de bucle en el tramo final, pero ese cansancio termina jugando a favor. No hay moraleja: solo opiniones, rabia y una escena final de sobriedad escalofriante. Se sale discutiendo.
La invitación
La mesa está servida
★★★★
Disponible en: cines
duración: 107 minutos
género: comedia romántica
El suflé es la cena, pero hay mucho más sobre la mesa en la deliciosamente entretenida comedia de cámara de Olivia Wilde, “La invitación”, sobre una pareja cuyo matrimonio está al borde del colapso e invita a sus vecinos del piso de arriba a una reunión improvisada.
Una reunión así es, por supuesto, un recurso clásico tanto del teatro como de la pantalla. Más rápido de lo que puedo decir “¿Quién le teme a Virginia Woolf?”, probablemente se pueda prever parte de hacia dónde va “La invitación”: una bandeja de pullas, insinuaciones y catarsis marital, todo servido en un plato ordenado de una sola locación.
Pero aunque a veces se sienta el mecanismo funcionando en “La invitación”, está lo bastante astutamente sincopada y lo bastante bien interpretada como para convertirla en un giro moderno y bienvenido de la comedia de modales de salón. A diferencia de la cena que se sirve en la película, eso sí, está horneada casi a la perfección.
Cien años de soledad, temporada 2
Un homenaje ambicioso
★★★ 1/2
Disponible en: Netflix
duración: 8 episodios
género: drama
Casi dos años después, la serie vuelve a Macondo para la segunda mitad de la novela, y la buena noticia es que esta parte avanza más filosa y menos enredada que la inicial. Con Laura Mora como showrunner y principal directora, el foco pasa a los gemelos Aureliano Segundo y José Arcadio Segundo, y sobre todo a Fernanda del Carpio (Laura Taylor), cuya llegada hace implotar un cisma familiar que ya venía de antes: el combate ciego entre lo dionisíaco y la castración religiosa.
Alrededor, Macondo se abre al mundo. Llega el tren, llega la compañía bananera y con ella la versión caribeña del capitalismo salvaje. Ahí la serie gana filo político y una actualidad incómoda, y culmina en una recreación de la masacre de las bananeras puesta en escena con una quietud impactante.
Los reparos son los previsibles en una producción de este tamaño: se reitera, se estira, por momentos banaliza. Y el realismo mágico, tan desestabilizante en la página, en pantalla se vuelve literal: la ascensión de Remedios la bella deslumbra, pero clausura toda ambigüedad. Queda un homenaje respetuoso y ambicioso. El libro, por suerte, sigue ahí.