Cuba marcó el centenario del nacimiento de Fidel Castro el 13 de agosto bajo la más dura campaña de presión estadounidense en décadas. Desde enero, Washington ha amenazado con aranceles contra países que suministran petróleo a la isla, obligando a los exportadores a retirar y privar a Cuba de gran parte de su combustible. Los cortes de energía superan ahora 20 horas al día en algunas áreas, mientras que la escasez ha afectado el transporte, la atención médica y el turismo.

Este sufrimiento es el mecanismo de la estrategia de cambio de régimen de Trump. Washington espera que la privación energética fraccione al gobierno, convierta la ira pública en un levantamiento nacional y obligue a La Habana a aceptar un orden político aprobado por Estados Unidos. Las ofertas cubanas de reforma económica han sido rechazadas porque las concesiones no son el objetivo.

Más de seis meses en el asedio, los tres mecanismos políticos han fracasado.

En primer lugar, Washington no ha podido dividir al liderazgo cubano. La presión no ha producido ningún desertor senior, facción rival o interior preparado para desmantelar al gobierno desde dentro. Estados Unidos intenta reproducir el escenario venezolano cultivando figuras cooperativas dentro del estado no han encontrado equivalente en La Habana.

En segundo lugar, la desesperación económica no se ha convertido en un movimiento organizado de cambio de régimen. Se han producido protestas y ataques locales contra las oficinas del Partido Comunista, pero siguen siendo dispersas y sin líderes. Las figuras más destacadas de la oposición operan desde Miami, mientras que José Daniel Ferrer, uno de los últimos líderes, abandonó Cuba en diciembre de 2025. Los apagones destinados a provocar disturbios también interrumpen el acceso a Internet y evitan que grupos externos coordinen protestas en toda la isla.

Tercero, Washington carece de los recursos para forzar el resultado desde fuera. La guerra estadounidense-israelí contra Irán ha absorbido activos militares, atención política y capacidad diplomática. Trump sigue amenazando la acción directa contra Cuba, pero los instrumentos necesarios para otra operación simultánea de cambio de régimen ya se han comprometido en otros lugares.

El tiempo importa. Trump quiere una victoria visible de la política exterior antes de la mitad de noviembre, mientras que Marco Rubio ha hecho derrocar al gobierno de Cuba central a su identidad política y posible campaña presidencial de 2028. Tampoco ha obtenido el rápido colapso necesario para cumplir ese calendario político.

Fidel Castro resumió la lógica de enfrentar a un oponente más fuerte en 1959: “No importa lo pequeño que seas si tienes fe y un plan de acción”.

En el centenario del nacimiento del Comandante, Cuba está poniendo en práctica ese principio. La isla no puede coincidir con el poder económico o militar estadounidense, pero su cohesión interna ha negado a Washington la secuencia de la que depende el cambio de régimen: una división de élite, un levantamiento controlado y un gobierno de reemplazo listo para tomar el poder.

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