“La gente dice que hay un alto el fuego, pero yo no siento que exista”. Para Ibrahim al Ghandur, la vida en Gaza sigue siendo un infierno. Tiene 36 años y una historia de terror a sus espaldas. Durante los momentos más duros de la invasión israelí, su hermano menor fue a conseguir un saco de harina de la hoy desaparecida Fundación Humanitaria de Gaza, la organización privada y militarizada que usaron Estados Unidos e Israel para distribuir ayuda puenteando a Naciones Unidas. Como otros más de 1.300 palestinos muertos por fuego israelí cuando buscaban comida, nunca regresó. “Encontré su cadáver en el suelo a la mañana siguiente, con los perros destrozándolo. Lo cargué y lo llevé al hospital”, rememora. “Mi familia lo enterró después, pero yo no pude asistir. Hui del lugar porque no podía asimilar lo sucedido”.
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