Desde el ataque de Hamás en octubre de 2023, Benjamín Netanyahu ha intentado transformar el relato en torno a la jornada más letal en la historia de Israel para convertir un inmenso fiasco de seguridad en el inicio de una batalla redentora y escatológica por un nuevo Oriente Próximo. No ha tenido mucho éxito y su problema político se ha convertido ahora también en electoral. Netanyahu afronta las urnas dentro de dos meses con malas perspectivas en los sondeos y un panorama en Gaza que prometió que no sucedería: casi 74.000 muertos y una invasión devastadora e inacabada no han impedido que Hamás siga gobernando la parte de la Franja donde reside casi toda la población. Y no es él, sino Donald Trump, quien decide qué puede hacer allí Israel. Encajonado entre el temor al colérico presidente de Estados Unidos y la necesidad de proyectar fortaleza e independencia ante los suyos, acaba de rechazar públicamente el acuerdo para el desarme de Hamás, mientras cumple de tapadillo parte de las obligaciones del alto el fuego que ha venido vulnerando sistemáticamente.
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