Por FRANCINA LORENZO
florenzo@eldia.com
Émilie Monnet responde todas las preguntas que le hago en español. No es su lengua materna —el francés sí—, tampoco el inglés que hablaba parte de su familia, ni el anishinaabemowin, la lengua ancestral de su abuelo que hoy intenta recuperar. Elegir un cuarto idioma para hablar de “Okinum. La represa” no es un detalle: es un gesto que resume el espíritu de una obra que llega por primera vez a América Latina, editada por La Flor Azul.
Como artista canadiense, Monnet explora desde hace años la memoria, el trauma colonial y la reconstrucción de la identidad. En “Okinum”, esos temas convergen con una experiencia profundamente personal: un cáncer de garganta que atraviesa la obra y dialoga con la historia del extractivismo en Norteamérica, el exterminio de los castores y el silenciamiento de cinco generaciones de mujeres indígenas de su familia.
EL SUEÑO QUE DIO ORIGEN A OKINUM
Aunque el cáncer de garganta ocupa un lugar central en la obra, no fue el punto de partida de su escritura. Según contó Monnet a EL DIA, “el verdadero impulso fue un sueño recurrente donde el castor gigante, Mishi Amik, me entregaba una bolsa de medicina (mashkikiwin) y me hablaba en una lengua que yo necesitaba descifrar”. Ese sueño la llevó a investigar el significado de aquellas palabras y descubrió que Mishi Amik no era solo un personaje onírico, sino una figura de la cosmogonía anishinaabe vinculada a la región de Outaouais, en Quebec. A partir de ese hallazgo comenzó a escribir una obra donde los sueños y la memoria funcionan como formas de acceder a saberes que han sobrevivido a la violencia colonial.
LA REPRESA EN LA GARGANTA
El título de la obra contiene una de sus metáforas centrales. En anishinaabemowin, okinum significa “represa de castor”, una estructura formada por ramas, troncos, piedras y barro que interrumpe el curso del agua.
Monnet traslada la represa del paisaje al cuerpo: el tumor en su garganta actúa como un bloqueo para la voz tras generaciones de silencio. A través de su árbol genealógico, recorre el despojo, la pérdida de la lengua y la asimilación colonial sufridos por cinco generaciones de mujeres indígenas en su familia. “Ahí empezó a manifestarse ‘Okinum’ también en mi propia garganta: todas esas generaciones de mujeres que intentaron callar y borrar se manifestaron en mí de esa manera”, reflexiona la dramaturga. Por eso, la curación no consiste solo en eliminar un tumor. También implica desmontar esa represa simbólica: retirar, uno a uno, los troncos que impiden que todo vuelva a fluir.
EL CASTOR COMO TESTIGO DEL COLONIALISMO
Uno de los aspectos más originales de la obra es la manera en que relaciona la historia natural con la historia colonial. Para Emilie, ambas forman parte de un mismo proceso de explotación.
Durante los siglos XVIII y XIX, la demanda europea de sombreros de fieltro provocó una caza masiva de castores en Norteamérica. La explotación de su piel alteró ecosistemas enteros y acompañó la expansión económica de los imperios francés y británico.
La autora establece entonces el paralelismo inevitable. Como el castor, también los cuerpos indígenas quedaron sometidos a una lógica extractiva. En la entrevista recuerda que “entender que en el siglo XIX se llamaba ‘femme castor’ a las mujeres indígenas fue un impacto tremendo. Demuestra cómo la lógica colonial redujo tanto a la naturaleza como a nuestros cuerpos a simples mercancías explotables”.
TRES LENGUAS PARA RECUPERAR UNA VOZ
La convivencia entre francés, inglés y anishinaabemowin no es un recurso formal: es el reflejo de la propia historia de Émilie Monnet. El francés es la lengua de su padre. El inglés, la de buena parte de la familia materna. El anishinaabemowin, en cambio, era el idioma de su abuelo y una lengua que las políticas de asimilación colonial intentaron borrar. Esa convivencia entre idiomas revela una identidad atravesada por pérdidas, desplazamientos y recuperaciones. “En el desarraigo de la tierra, o de la lengua, uno nace así y no se da cuenta del vacío ni de la violencia que eso implica, porque no conoce otra cosa. Es al empezar a aprender el idioma cuando uno se da cuenta de cómo la lengua enraíza justamente la propia conexión con la identidad, con los antepasados y también con los sueños, porque es en el bosque, donde se activa de una manera muy profunda la conexión con los animales”.
Para la autora, las lenguas indígenas nacidas en el bosque organizan la experiencia de un modo muy distinto a las europeas y por eso su pérdida amenaza a todo un ecosistema de pensamiento: “Esa conexión con el territorio es fundamental, y muchas lenguas indígenas de acá, como el anishinaabe, son idiomas del bosque. Por eso también existe el peligro de que desaparezcan muchas palabras que ya no se usan. Pero recuperar lo que el Estado intentó negar es un paso muy profundo, con muchas capas: de agradecimiento, de profundización, y también de esa violencia y de una tristeza inmensa, porque ya no queda mucha gente que la hable”.
UNA EXPERIENCIA PARA HABITAR
Aunque hoy también pueda leerse como libro, “Okinum” fue concebida para el escenario. Y buena parte de su potencia reside precisamente en esa dimensión performática.
La puesta en escena propone un espacio circular donde el público rodea a la intérprete. Lejos de la separación tradicional entre escenario y platea, la obra construye un ámbito compartido en el que la voz, la música y el sonido envuelven a los espectadores.
Ese entorno inmersivo dialoga con la propia imagen de la represa y con el refugio construido por los castores. Los cantos en anishinaabemowin, los registros del bosque, el agua y las grabaciones de archivo convierten la escucha en una experiencia física.
La obra también incorpora referencias a prácticas artísticas tradicionales de mujeres indígenas, como el mazinibaakajige, una técnica realizada sobre corteza de abedul que Monnet aprendió junto a la artista Thérèse Telesh Bégin. De ese modo, el espectáculo integra palabra, música, artes visuales y comunidad en un mismo lenguaje escénico.
EL ARTE COMO MEDICINA
En la cosmovisión anishinaabe, la palabra mashkikiwin suele traducirse como “medicina”. Pero su significado va mucho más allá de un tratamiento farmacológico. Designa aquello que ayuda a restablecer el equilibrio. Desde esta perspectiva, Okinum propone otra forma de pensar el teatro.
Los cantos que atraviesan la pieza nacieron, según contó Monnet, mientras permanecía junto a un río de su territorio agradeciendo a Mishi Amik y a su tatarabuela Mani. Esas canciones funcionan como una forma de gratitud, pero también como un gesto de reparación hacia quienes fueron silenciados.
Quizá por eso, piensa Emilie, “Okinum” encuentra una resonancia particular en América Latina. “Argentina y Canadá comparten una historia de colonización brutal: nosotros por franceses e ingleses; ustedes por españoles e ingleses. Hay mucho en común en este mismo continente. Al haber viajado por América Latina y por Argentina, veo similitudes profundas en el pensamiento: la circularidad, la importancia de los espíritus, los elementos, y también la amenaza del extractivismo”. Y agrega, “aunque no conozco las lenguas indígenas de Argentina para saber cómo cargan su cosmovisión, me imagino que hay muchos pueblos con los que se pueden tender puentes. Por la historia colonial y el pensamiento circular que compartimos como pueblos indígenas, creo que el arte puede ser un puente hermoso para encontrarnos”.
OKINUM. LA REPRESA
&ÉMILIE MONNET
Editorial: La Flor Azul
Páginas: 116
Precio: $25.000