Las imágenes de Ceuta han dado la vuelta al mundo. Reflejan dramáticamente los problemas de nuestro tiempo, los desequilibrios sociales y entre territorios y regiones. Han mostrado la acritud del debate político en torno a la emigración. Y han causado otro grave episodio de división europea, con más países dispuestos a explotar para uso interno los problemas de los demás que a ejercer una cooperación leal para proteger una frontera exterior común. Una masa humana en movimiento que ha dejado detrás cerca de 140 muertos, según los cálculos de algunas ONG, y supera en intensidad a los boat people de Vietnam o a los balseros cubanos. Solo es comparable a la huida de una guerra como las de Siria o Ucrania. Pero ese no era el caso de Marruecos.

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