La poesía es un arma cargada de futuro, escribió el poeta Celaya, un verso con el que ha pasado a la historia. Realmente, Celaya eran dos: Amparitxu y Gabriel; siempre iban juntos los dos, desde que el sol se colgaba en el geranio de la terraza hasta la última copa compartida en la madrugada de Oliver. Juntos iban a comprar la escarola al mercado, a echar una carta al buzón, a sacar una fe de vida en el juzgado, a dar una vuelta a la manzana, paseando unidos un perro inexistente. El poeta Celaya tenía un cuerpo vasco, desbordado por arriba, los ojos de un azul báltico, con una ráfaga blanca en la melena, y proyectaba a su lado una sombra femenina, como un bastón de ciego, en forma de Amparitxu Gastón. No estaban casados, pero durante 35 años habían pasado por un matrimonio modelo. Se gritaban, se amaban, bebían, se emborrachaban, se odiaban, se admiraban. El poeta Celaya era vástago de un gran industrial donostiarra cuya empresa fabricaba vagones cisterna.
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