Es uno de los centros urbanos más altos del mundo, sede del gobierno del estado Plurinacional de Bolivia, y referente cultural, artístico y gastronómico de los valores andinos. Hasta aquí llegan muchos turistas que reparten su viaje entre La Paz y la Isla del Sol.

En el teleférico, La Paz se supera a sí misma y es todavía más alta. Estamos a casi cuatro mil metros. Me cuenta una pasajera que los días de viento, la góndola se mueve y ella reza. Le rezará a la virgen de Copacabana o a las achachilas –espíritus protectores– o a las dos, el sincretismo religioso es tan corriente como la quinoa y las habas. Desde que se aprobó la nueva constitución en 2009, Bolivia es un estado laico con personas que reciben al papa y también challan o bendicen autos, casas y negocios, entre otros rituales andinos.

No se lo pregunto para no ser indiscreta, pero sobre todo para no interrumpir su contemplación. Por las ventanillas se ve el Illimani, uno de los trece cerros de más de seis mil metros de altura que existen en Bolivia, y una de las metas que lograron las cholitas escaladoras, el grupo de mujeres aymara que llegó, el último enero, a la cima del Aconcagua. Después del Sajama (6.542 msnm), el Illimani (6.438 msnm) es la montaña más alta del país. Salvo para los recién llegados, la altura está lejos de ser un dolor de cabeza. Todo lo contrario: es constitutiva, un orgullo y el concepto del nuevo eslogan de La Paz: Ciudad del Cielo.

En la cosmovisión andina existen tres planos: el de arriba, también llamado de los apus o dioses, donde viven Viracocha, el dios creador, y también Inti, el dios sol. Ese es el plano más alto, el que desean los dueños de los cholets que ahora veo por la ventana.

"Cholet" viene de la contracción de chalet y cholo y se refiere a los palacios que elige la nueva burguesía chola. Hay alrededor de cien y cada uno cuesta un millón de dólares por lo menos. Son edificios de unos veinte metros de altura divididos en cuatro niveles. En el nivel de la calle está el negocio de electrodomésticos o de lo que venda el propietario. Los aymaras son comerciantes. Todos venden todo el tiempo. Desde la caserita que ofrece limones y maníes en la esquina hasta Evo Morales, que en sus discursos hace cuentas de cuánto gastó en qué. El segundo nivel del cholet es un salón de fiestas (en Bolivia hay más fiestas que días en el calendario); en el nivel que sigue viven los hijos del propietario, y en el último piso está la vivienda principal con el típico techo a dos aguas de un chalet, pero en las alturas. Me imagino que el dueño del cholet gozaría sentándose a conversar con los apus. Roy Manuel Chipana, por ejemplo, el dueño del Havana, el primer cholet convertido en Bed & Breakfast sobre la avenida 16 de Julio de El Alto.

El exterior de los cholets es estridente, alegre, hermético. Puede estar pintado con guardas tiwanacotas o chacanas (cruces andinas) de color verde Nilo, rojo bermellón, celeste metálico y cubierto en parte por paneles espejados. Más que edificios parecen robots. Los definieron como Arquitectura Transformer o Nueva Arquitectura Andina y el autor de unos cuantos se llama Freddy Mamani. Albañil, ingeniero y arquitecto que después de un viaje a Tiahuanaco encontró una identidad ancestral y colaboró en la resignificación de la palabra cholo, que siempre tuvo una connotación discriminatoria. El orgullo de ser cholo se inició con Evo Morales y se expande en el éxito comercial del cholet.

Hace unos meses el arquitecto Mamani reconstruyó un interior de cholet en Fundación Cartier para el Arte Contemporáneo de París para que seis modelos cholas desfilaran polleras, mantas, joyas y el tradicional sombrero borsalino.

Como los que buscan joyas del Art Déco o altares barrocos, mientras estoy en La Paz busco cholets para coleccionar en la memoria fotos de una arquitectura fantástica. En cualquier momento el novelista boliviano y premiado Wilmer Urrelo Zárate, autor de Hablar con los perros, podría escribir una trama diabólica en el interior de un cholet, acaso durante un preste.

En este viaje escucho tantas palabras nuevas que decido abrir un apéndice-diccionario dentro de mi libreta. "Preste" es una de las que me resultó más difíciles de entender y también una de las más atractivas. El preste es el máximo responsable de un festejo religioso, y a la vez es el nombre de la fiesta que se suele celebrar en un cholet. Para participar de un preste es necesario integrar una fraternidad y, para organizarlo, además, hay que tener poder económico y prestigio social.

Si el Julio Quispe, por ejemplo, organiza el preste del Señor del Gran Poder, el más importante del país, cada uno de los asistentes llevará alcohol (cerveza) para el festejo. Ese aporte se conoce como cariño. Entonces el invitado llega a la fiesta diciendo: "Este es mi cariño" y el organizador responde: "Gracias, compadre", y cuando le toque ser el invitado aportará la misma cantidad de cariño, sean dos o veinte cajas de cerveza. Los prestes duran muchas horas y cuestan carísimos. Los bancos ofrecen préstamos para prestes (valga la redundancia) y hay medios especializados como Canal 24, con programas conducidos o comentados por cholitas pop.

Desde hace unos años la chola es Patrimonio Cultural Intangible de La Paz, un bastión de identidad, con la pollera, las trenzas tan largas como negras, adornos de lana o tullmas para atarlas, y sombrero bombín. Así se suben al teleférico o al avión; venden pollo frito en la calle, van a la televisión y se preparan para escalar el Everest.

Noticias del mundo terrenal

En las alturas de la góndola, la calle queda silenciada por unos minutos. El teleférico es considerado uno de los aciertos del presidente; lo llaman el arco iris de Evo Morales porque hay diez líneas, cada una de un color. Pronto inauguran la dorada y la plateada, los tonos preferidos de los dueños de los cholets.

El teleférico fue construido por una empresa austríaca y, si bien al principio los habitantes lo resistieron –por miedo a las alturas, porque es un poco más caro, porque se talaron árboles para la construcción, hasta lo llamaron el talaférico–, hoy sería difícil pensar la ciudad sin esa comodidad ganada.

En los alrededores de las estaciones hay publicidades enormes de Evo y en las góndolas, stickers de su gestión. Ése es su problema, que se ha vuelto demasiado soberbio, me dijo ayer René Bautista, un taxista que me lleva a Sopocachi, un barrio histórico donde vivieron y viven artistas, intelectuales y poetas, y donde hay un parque que se llama El Montículo y tiene senderos, miradores, esculturas en madera y una glorieta y bancos para conversar o enamorar. En Sopocachi hay restaurantes, casas con jardín y cafés gourmet, como Typica Coffee House, y librerías donde comprar Nuestro mundo muerto, el último libro de Liliana Colanzi, la escritora boliviana de la que todos hablan.

Este año hay elecciones presidenciales en Bolivia y todo indica que Evo volverá a presentarse a pesar de que hace 13 años que es presidente y la constitución ya no lo permite. Le pregunté al taxista en qué le parecía soberbio y dio vuelta toda la cabeza para responder (menos mal que estábamos en un semáforo). "¿No lo ha visto cuando juega al fútbol? Él ya no se saca las medias ni se pone los zapatos solo, hay alguien que lo hace por él. Yo lo voté dos veces pero se ha vuelto soberbio, ya no quiero que se quede, no lo voy a votar otra vez".

En estos días hablo con taxistas, vendedores, pasajeros y amigos de amigos que son sociólogos, profesores y escritores paceños. Ninguno está de acuerdo con que Evo siga otro mandato, pero todos coinciden en que "otro no hay" y sus logros fueron muchos, principalmente la disminución notable de la pobreza en uno de los países más pobres de América y el aumento del PBI.

Volviendo a la cosmovisión andina, el mundo terrenal es el del aquí y ahora, el de la Pachamama y sus frutos. Si miro para abajo, se ve el caos monumental de esta olla rodeada de cerros donde viven dos millones de personas y transitan 25.000 minibuses. Minibuses que todo el tiempo están a punto de pisarle los talones a un peatón que corre su suerte. Y los peatones son miles, porque en La Paz todo se hace o se puede hacer en la calle, desde comer y jugar futbolines (metegol) hasta comerciar y, aunque está prohibido, orinar. La calle atraviesa la cotidianidad paceña: comer salteñas –empanadas muy jugosas– a media mañana en modo agachadito porque los bancos de los comederos improvisados son pequeños como los de un jardín de infantes; tomar un jugo de mandarina al paso; lustrarse los zapatos; probar gelatina de frutilla con crema chantilly; dormir sobre unas chompas (camperas) de lana hasta que llegue un cliente; comprar unas tunas frescas de la carretilla de una cholita con pollera fucsia. Acá, la calle no es para pasar sino para estar.

El centro histórico está en proceso de revitalización y se ven grúas y antiguas casonas ya remodeladas transformadas en hoteles –pronto inaugura Altu Qana, el más esperado– y restaurantes de diseño. Alrededor de la plaza Murillo veo los edificios emblemáticos de La Paz: el Museo Nacional de Arte, la Catedral y el palacio de gobierno –el antiguo, conocido como Palacio Quemado por un incendio de 1875, y el nuevo, un edificio espejado de 29 pisos y 120 metros de altura que construyó Morales y al que él llamó El Palacio del Pueblo y la gente, El Palacio de Evo.

En Bronce, un café del centro, leo la tapa de un periódico local que parodia la película Rapsodia bohemia. El título es "Repostulian rhapsody" y en lugar de Freddie Mercury, el que baila divertido en el fotomontaje es Evo Morales.

El café de Bronce es de especialidad y lo filtran en una cafetera Chemex en mi mesa. En los últimos años, la cultura del café –la misma que se puede ver en Buenos Aires o en Melbourne– llegó a La Paz con el lujo de los granos propios cultivados en las yungas, en sitios como Coroico y Caranavi. Fruto delicioso de la Pachamama que, igual que la quinoa, se exporta con éxito. Los nuevos baristas bolivianos se suman a una camada de chefs, muchos surgidos en el restaurante Gustu, del danés Claus Meyer, que enfatizan el producto local. Sean papas, habas, trucha del Titicaca, Tannat o gin, el ojo está puesto en el producto boliviano. Es como si después de siglos de enfocar hacia afuera se hubiera volteado la mirada hacia adentro, hacia lo propio. En la zona de Tarija se está produciendo Tannat de altura y el gin La República con un dejo sutil a huacatay, ulupica y locoto, da que hablar. El movimiento se llama Boga (Bolivia gastronómica) y a La Paz ya la compararon con Lima, "La Nueva Lima".

Sería una Lima sin mar. En la ciudad me cruzo con stencils de un barquito como los que se hacen con papel y abajo se lee: "El mar nos une" y también: "Evo, dignidad y mar". El recurso de llevar el tema a La Haya no funcionó y por ahora no hay mar, pero sí existe armada boliviana y la memoria del coronel Eduardo Abaroa que luchó en la Guerra del Pacífico, en la que Bolivia perdió la costa, y es considerado un héroe nacional. En el Museo del Litoral Boliviano, en la calle Jaén, se puede conocer sobre puertos que antes de 1879 fueron de este país.

Otra palabra que aprendo en este viaje es jallalla. Me la enseña un famoso justamente en la calle Jaén, la calle histórica de la ciudad donde en la Edad Media se vendían llamas y hoy se venden chalecos de llama. "Jallalla" es una palabra quechua-aymara que se aplica en las situaciones en que diríamos ¡viva! pero su significado es más complejo y espiritual. Jallalla tiene que ver con desear algo y trabajar para que se concrete.

El famoso que abre los brazos de su camisa floreada y grita ¡jallalla! se llama Roberto Mamani-Mamani ("como money-money", dice entre risas) y es un artista que rescató la herencia aymara, le puso color, mucho color, y la vendió al infinito. Él lo llama estilo mágico andino y hace foco en el hombre y la naturaleza. Sus dibujos se replicaron en merchandising de todo tipo. En la calle Jaén, Mamani-Mam…