Paradójicamente, criticamos la política y al político, pero consumimos contumazmente contenidos políticos. Nos hemos instalado en un péndulo que bascula desde la apolítica acomodaticia a la antipolítica. Indudablemente, hablar de antipolítica es abordar uno de los fenómenos más determinantes de la realidad socio-cultural contemporánea. No nos referimos a cierto rechazo —con más o menos intensidad— a la política tradicional, sino a una reconfiguración total de cómo la ciudadanía se relaciona con el poder, las instituciones y, en último extremo, la verdad.

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