La democracia moderna nació cuando se aceptó una idea revolucionaria, que la soberanía no pertenecía a un rey, a un ejército, a una religión o a una élite, sino al conjunto de los ciudadanos, todos libres e iguales. Desde ese momento, la pluralidad dejaba de ser un problema para convertirse en el fundamento mismo de la cultura democrática. Ha costado siglos construir esa cultura democrática, que no descansa únicamente sobre instituciones. Exige también hábitos cotidianos de tolerancia y reconocimiento del otro. Por eso, no se reduce al acto de votar; implica admitir que quien piensa de manera distinta posee la misma legitimidad política que nosotros y que su voz debe estar representada en esa institución que nace con las democracias, el Parlamento, el espacio donde las palabras sustituyeron definitivamente a las armas.
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