Un niño de dos años contempla absorto cómo unas hormigas caminan en fila sobre la arena. Hurga con un palo; algunas trepan hasta su mano. Siente el hormigueo, luego sopla y las ve desaparecer. Sigue observando. A pocos metros, sus padres lo vigilan desde las hamacas mientras charlan, picotean del táper, escuchan la radio y envían algún mensaje. ¿Qué está ocurriendo en el cerebro del niño y de sus padres? “Están funcionando de forma radicalmente distinta”, apunta Charo Rueda, catedrática de Psicología Básica, especialista en desarrollo neurocognitivo y autora del libro Educar la atención.

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