Solemos asociar el verano a imágenes de felicidad: días más largos, helados, piscina, viajes, risas y tiempo en familia. Es cierto. Las vacaciones pueden ser una oportunidad maravillosa para pasar más tiempo con los hijos, bajar el ritmo y disfrutar de una manera diferente de estar juntos. Pero hay otra cara de la que se habla mucho menos: también pueden resultar emocionalmente agotadoras. Además, en muchas ocasiones, llegamos a ellas tras meses de prisas, estrés y una conciliación complicada. Arrastramos el cansancio acumulado de todo el curso y depositamos en las vacaciones unas expectativas enormes: “Ahora sí vamos a descansar”, “Sí vamos a disfrutar”... Y, sin darnos cuenta, colocamos sobre el verano la responsabilidad de reparar todo aquello que durante el año no hemos podido atender. Y esto rara vez ocurre.

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