El calor intenso obliga a huir de la exuberancia selvática para mantener una conversación. Ni siquiera quien disfruta con la excentricidad de rodearse de plantas y cuidarlas con las manos puede aguantar mucho en el invernadero. El bar de café de especialidad o el kebab con sillas de La Sirenita tampoco propician el arte de contarse historias. Las charlas sencillas -las de amor, política, trabajo o sexo- necesitan un clima muy particular, un ambiente. Esa difícil sensación de sentirse cómodo, como en casa.

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