ALEJANDRA CASTILLO

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Hay personas que llegan diez minutos antes a cualquier lugar. Otras que entran cuando la reunión ya empezó, piden disculpas y prometen que la próxima vez será distinto. Entre unas y otras hay una zona mucho más amplia, hecha de márgenes, tolerancias, mensajes de WhatsApp que dicen “ya salgo” cuando todavía falta ducharse, y encuentros que arrancan a la hora convenida sólo en el calendario.

La puntualidad parece, a primera vista, una cuestión simple: si una cita está pautada para las 10, hay que estar a las 10. Pero alcanza con observar una sala de espera, una reunión familiar o una oficina para comprobar que el reloj no significa exactamente lo mismo para todos. La diferencia no es solamente de carácter, sino más bien una relación personal con el tiempo. Y esa relación, según los especialistas, puede estar atravesada por la ansiedad, la procrastinación, la dificultad para organizar actividades, la percepción subjetiva de cuánto dura una tarea o, en algunos casos, por conflictos menos evidentes.

“PIENSO QUE LLEGO BIEN, PERO LLEGO TARDE”

“Siempre pienso que llego a tiempo, aunque después termino llegando tarde”, admite Tomás, un diseñador gráfico de 26 años. Reconoce que es bastante impuntual, aunque aclara que no es inmune a esto, ni le da lo mismo. “De hecho, muchas veces me siento mal cuando llego y sé que la otra persona está ahí desde hace veinte minutos. El problema es que siempre calculo mal”.

El mecanismo que describe es bastante conocido: subestimar el tiempo necesario para completar una serie de acciones. Tomás calcula que si tiene que estar a las 10 puede salir a las 9.30. Después aparece la ducha, elegir la ropa, contestar un mensaje, buscar las llaves. Cuando finalmente sale, todavía conserva la sensación de que llegará “más o menos a horario”. El reloj, sin embargo, ya está diciendo otra cosa.

La psicóloga Nadia Alaguero explica que la impuntualidad debe pensarse “desde la singularidad de una subjetividad”, porque puede tener causas diferentes y no necesariamente expresar desinterés o falta de respeto. Desde una mirada psicoanalítica, señala, puede vincularse con cuestiones relacionadas con la autoridad, el deseo, la demanda del otro o la resistencia al lazo social.

No significa que cada persona que llega tarde esté desafiando una norma de manera inconsciente. Alaguero es enfática en ese punto: “Es importante aclarar que no se debe interpretar toda impuntualidad como resistencia o conflicto inconsciente, ya que la misma conducta puede tener causas completamente distintas”.

La escena cotidiana resulta mucho más simple. Una persona puede quedarse terminando una tarea, calcular mal cuánto tardará en vestirse o postergar la salida una y otra vez. “En 10 minutos salgo”, se dice. Termina una cosa. Empieza otra. Mira el celular. Y cuando vuelve a mirar el reloj, el margen desapareció.

POSTERGACIONES, ORGANIZACIÓN, PLANIFICACIÓN

Para Alaguero, la procrastinación puede expresarse justamente con el postergar sistemáticamente la salida hasta que el tiempo disponible ya no alcanza. También pueden intervenir dificultades en las funciones ejecutivas, vinculadas con la organización y la planificación, y una subestimación del tiempo real que requieren las actividades.

En Tomás aparece esa combinación entre cálculo equivocado y postergación. “También me pasa que, cuando algo no me entusiasma demasiado, inconscientemente lo voy postergando. No es algo que haga para molestar; es que tengo una relación bastante relajada con el tiempo. Hasta que no tengo el reloj encima, no termino de tomar dimensión”.

El problema se vuelve más evidente cuando el otro implicado tiene una relación completamente diferente con los horarios. “Lo peor es cuando la otra persona es muy puntual”, cuenta. Su hermana puede estar diez minutos antes en cualquier lugar y él sabe que para ella esperar significa perder tiempo. “Muchas veces se enoja conmigo y tiene razón”, reconoce.

“UNA FALTA DE CONSIDERACIÓN”

Del otro lado está Mariana, de 43 años, contadora. Para ella, la ecuación es inversa. “Para mí, ser impuntual es una falta de consideración”. Es de esas personas que llegan diez o quince minutos antes. Prefiere esperar en una cafetería, caminar o “perder tiempo” con el teléfono antes que hacer esperar a alguien.

La diferencia no está, para Mariana, en cinco minutos. Lo que le molesta es la repetición y, sobre todo, la falta de aviso. “Si acordamos encontrarnos a las ocho, yo organizo mi día para estar a esa hora. No entiendo por qué tengo que asumir que en realidad significa ocho y media”.

Ese desacuerdo aparentemente doméstico implica una cuestión mucho más importante, ya que el tiempo es una de las pocas cosas que dos personas pueden compartir sin tenerlo de la misma manera, ni la chance de recuperarlo. Cuando alguien espera, pone a disposición de otro una parte de su vida.

El psicólogo Mel Gregorini sostiene que la impuntualidad puede constituir un rasgo estable de la personalidad, pero que no por eso es inmodificable. Para él, puede trabajarse mediante tratamiento y cambios de hábitos cuando la persona toma conciencia de lo que provoca esa dificultad para aceptar el límite que supone un horario previamente acordado.

LA FALTA DE PERCEPCIÓN

También señala una posible relación entre la percepción del tiempo y del espacio. Hay personas que “no se dan cuenta, no calculan o perciben bien” cuánto tiempo transcurre. En esos casos puede existir una dificultad de orden neuropsicológico relacionada con la percepción del tiempo cronológico. No todos llegan tarde a todos los lugares. Y ese detalle importa.

Alaguero advierte que hay que mirar “a dónde está llegando tarde”. No es igual llegar diez minutos después a una cena entre amigos que hacerlo de manera habitual al trabajo, a una reunión importante o a un vuelo. También importa la duración de la demora y el de aquella actividad a la que se asiste: diez minutos no tienen el mismo significado en seis horas de trabajo que en el tiempo de una sesión terapéutica.

En los vínculos sociales existe, además, una mayor posibilidad de negociación. Natalia, psicóloga, cuenta que siempre fue puntual, aunque reconoce que la reacción frente a la demora depende de la situación. Si se trata de trabajo o de un evento con horario, le molesta y lo siente como una desconsideración hacia quien espera. En cambio, puede tolerar mejor una demora breve en un encuentro informal. “Tal vez si el otro se reconoce en su tardanza y se disculpa por la espera más fácil se me va el malestar”, dice.

“LA PUNTUALIDAD ES UNA VIRTUD”

Analía, periodista de 56 años, también modificó su relación con los horarios. “Para mí la puntualidad era una virtud”, recuerda, aunque con la edad se fue acercando al grupo de quienes no quieren ser los primeros en llegar, de modo que para una reunión social puede demorarse deliberadamente cinco o diez minutos. “Nunca media hora o más, porque ya me parece una falta de respeto”, aclara.

Su propio límite muestra que la puntualidad tampoco es una regla matemática. Hay contextos donde diez minutos pueden ser insignificantes y otros donde se transforman en una señal. Analía tolera cierto margen, pero cuando la espera supera la media hora aparece la ansiedad y el enojo. No suele decirlo directamente. “Me da cosa. Mi cara no es la mejor, pero en un rato se me pasa”.

En el trabajo, en cambio, la vara cambia. “Cuando se trata de estudio o laboral suelo ser muy puntual porque creo que eso habla bien de mí. Como que si soy puntual ya tengo un punto a favor”.

La percepción del tiempo no es una constante interior. Cambia según lo que se hace y lo que se siente. Una hora puede desaparecer mientras se mira una serie o se conversa con alguien y hacerse interminable en una sala de espera. Alaguero explica que la experiencia subjetiva del tiempo puede llevar a pensar “tengo tiempo disponible” sin registrar correctamente cuánto falta para un compromiso.

LAS PANTALLAS, EN LA MIRA

A eso se suma una presencia que hace apenas unas décadas no ocupaba el mismo lugar: la pantalla. Las redes sociales pueden absorber la atención hasta borrar la sensación de que pasan los minutos. El psicólogo Gregorini lo observa incluso en sus clases, con estudiantes universitarios que siguen mirando reels en lugar de ingresar a una clase que tiene un horario de comienzo y de finalización. La tecnología puede ayudar a recordar un compromiso, pero también puede hacer que el tiempo compartido pierda peso.

Luciana, abogada de 52 años, pertenece al extremo opuesto. “Desde chica soy puntual, pero creo que con el tiempo me puse peor”. La impuntualidad ajena le molesta y, ante una demora, muchas veces piensa que ocurrió algo malo. Las situaciones con horario, como viajes, teatro o cine, incluso, le generan ansiedad.

Para ella, la puntualidad también funciona como un criterio al momento de elegir personas para trabajar o relacionarse. “Refleja el compromiso con el trabajo y con los tiempos de otro también”. Pero su frase final abre una puerta distinta: “El tiempo me estructura...me regula...lo puedo planificar… Pero el tiempo no me define ni me limita. Porque lo importante es lo que hacés con el tiempo… y eso siempre lo tenes que decidir vos”.