Cada año, en cuanto se entregan las últimas notas y empiezan los meses de calor, se activa la misma dinámica en las pantallas de nuestros teléfonos. Basta con abrir cualquier red social para encontrar un bombardeo constante de imágenes: viajes a países lejanos, barcos en aguas transparentes, cenas mágicas al atardecer, grupos muy numerosos donde todos se llevan bien y hoteles que parecen sacados del paraíso. Muchos padres miran estas fotos desde el sofá de su casa, cansados después de un día más de trabajo, lidiando con el calor, la difícil conciliación y una sensación de culpa y frustración aplastante por no estar pudiendo ofrecer estas vacaciones tan merecidas a sus hijos. Y este juego de comparaciones no solo afecta a los adultos. El impacto es todavía más profundo y delicado cuando se traslada a los niños y adolescentes.

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