Hablemos de mí. Tal parece ser la premisa transversal sobre la que se sostiene gran parte de nuestra producción cultural. Tras diagnosticarse en vano la muerte del autor —qué mal envejecen algunos fetiches de los sesenta y los setenta—, el narcisismo de nuestra época ha cristalizado en creadores obsesivamente concentrados en hablarnos de sí mismos. O de sí mismas. La biografía tiene, por supuesto, algún valor. Cosa distinta es que la carne propia se haya convertido en el sujeto, el objeto y hasta el trasfondo de todo lo que se cuenta.

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