Un padre de edad indefinida —podría tener 30 años, pero también 40 o 50— entra, a última hora de la tarde, con su hijo de alrededor de tres años en la pista polideportiva de un barrio de la periferia de Madrid. En cuanto lo hace, deja en el suelo la bicicleta de madera sin pedales de su hijo, que este toma al instante, y saca su teléfono móvil del bolsillo. El hijo da vueltas con la bici entre niños y adolescentes que juegan al fútbol y al baloncesto. El padre mira la pantalla de su smartphone, apoyado en la pared de ladrillo que bordea la instalación. Cada poco tiempo, el hijo reclama su atención. A veces, este parece responder a sus peticiones, pero nunca le dirige la mirada, secuestrada en todo momento por aquello que sea que está viendo en el dispositivo. La imagen podría sorprender e, incluso, escandalizar… si no fuera tan frecuente y no estuviese ya tan normalizada.

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