Nos zambullimos en la piscina y ¡zas!, nos convertimos en otra cosa. Entramos en el agua enredados en pensamientos, tonterías y dilemas, y al sumergirnos alcanzamos un estado de suspensión, como si empezáramos a vivir una aventura en un mundo diferente. Tras un buen rato de chapoteo, de hacer el muerto o nadar, salimos transformados, como en otra película, resplandeciendo al sol, sintiéndonos ridículamente libres y salvajes.

Seguir leyendo