El Gobierno español sigue recabando datos sobre el salto de 80.000 migrantes a Ceuta y acerca del papel de Marruecos en esa crisis. Y sigue tratando con guante de seda al país vecino pese a la sensación, cada vez más extendida, de que Rabat miró hacia otro lado en los momentos críticos. Ni en La Moncloa ni en los ministerios concernidos se prevé un giro en la relación con Rabat, a pesar de las críticas internas —con diverso grado de dureza entre la oposición, el cuerpo diplomático y los analistas— y externas, básicamente europeas. El Ejecutivo no contempla un cambio de estrategia, ni siquiera un cambio de tono, más aún cuando hay todavía miles de migrantes en Ceuta que deben volver a Marruecos y este fin de semana ha sido extremadamente intenso en la frontera. Según las fuentes consultadas, España mantendrá intactas las claves de las relaciones con el país vecino, el enfoque de política migratoria y el tono general de su política exterior “con identidad propia”, a pesar del revés que supone Ceuta y de la reacción airada de la UE en los primeros compases, que ha dejado un poso de cierta irritación en varias capitales.
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