A primera vista, la escena roza la ironía: tras un despliegue vertiginoso de texturas, volúmenes imposibles, combinaciones audaces y tendencias destinadas a redefinir el vestidor global, la música se apaga y el diseñador sale a saludar a su público entregado. ¿Y qué lleva puesto? Una camiseta gris o negra de corte impecable pero anodino, unos vaqueros rectos y unas zapatillas blancas. Ni rastro del maximalismo o la vanguardia que acaba de desfilar por la pasarela.

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