Me disponía a comenzar esta semblanza del brillante cosmólogo Antón Baleato con la imagen de un niño subiendo al monte coruñés a observar el espacio con el telescopio regalo de su madre, pero Baleato me advierte de que, aun siendo cierto el recuerdo, jamás ha querido responder a la idea del científico que desde pequeño fuera un prodigio porque esa es, a su juicio, una imagen dañina. Cada vez que comparte su experiencia con un grupo de estudiantes les confiesa que él sufrió a los 10 años el síndrome del impostor, un impostor precoz que ya temía no emular a Einstein. Insiste en desterrar la idea del genio infantil, que castiga a quien teniendo facultades innatas podría disfrutarlas sin sufrir ese tipo de competitividad malsana. Lo cierto es que este cosmólogo que ha organizado esta semana en A Coruña el congreso Nuevas fronteras de la cosmología, que ha reunido a eminentes astrofísicos de más de 50 nacionalidades, ya destacó en el instituto. Fue una profesora la que lo animó a presentarse a una beca de Colegios del Mundo Unido, y tras superar la prueba, se fue a terminar el Bachillerato en Vancouver a los 17 años. Ya no volvió a España. De allí a Columbia, en Nueva York, de donde salió siendo físico y, apurando al máximo el sistema de probabilidades, se enamoró de su hoy esposa el último día de carrera en una fiesta en el metro. Esa chica, Julia Peck, lingüista, aprendió gallego gracias a un manual escrito por el abuelo de Antón. Hoy los dos albergan el sueño de convertir Galicia en su hogar definitivo y en su sede de investigación.

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