Cuando hace cinco meses caractericé por primera vez el principio rector de la política exterior de Donald Trump como el suicidio de una superpotencia, ya resultaba evidente que su capricho de entrar en guerra contra Irán era una catástrofe estratégica. Ese fracaso es ahora aún más evidente y, lo que es peor, le ha dado a Trump otro pretexto para recompensar a Rusia. La debilidad ha engendrado aún más debilidad.

Seguir leyendo