A Wilmer Yajamin se le ocurrió colocar en la puerta de su coctelería mexicana unas catrinas vestidas de chulapa para integrar su negocio en la verbena del barrio. Era una forma de cruzar el umbral de la extranjería y convertirse en madrileño con todas las letras. Un empadronamiento simbólico. Pero las vecinas de la calle, de misa de cinco, apartaban la vista y se cruzaban de acera para no ver las calaveras con vestidos entallados de lunares que tanto les recordaba al infierno. Le pidieron que, por favor, no invocara más a la muerte. Ya no lo hace más, quizá porque a estas alturas ya no hace falta. Las fiestas populares de Madrid se han fundido con las costumbres que han traído los nuevos madrileños llegados de América hasta darles un nuevo significado.
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