Mariana aprendió a protegerse de los impuntuales. Si sabe que alguien suele llegar tarde, calcula de antemano que demorará y evita organizar su día alrededor de esa persona. “Con el tiempo aprendí que no puedo cambiar la manera de ser de los demás”, aunque siente “que termino siendo yo la que tiene que adaptarse siempre”. Es que la impuntualidad de quien llega tarde reorganiza la vida de quien espera y padece.

Alaguero cuenta que incluso en terapia aparecen estrategias para abordar esta dificultad. Hay pacientes que llegan tarde de manera reiterada y trabajan esa conducta porque la demora puede estar relacionada con el proceso que están atravesando. En el terreno social, la exigencia puede ser menor, pero las consecuencias aparecen en los vínculos.

Eso no significa vivir mirando el reloj. De hecho, una puntualidad convertida en obsesión puede generar su propio problema. Luciana lo sabe: las situaciones que tienen horario pueden producirle ansiedad. Analía, en cambio, aprendió a aceptar cierto margen. Natalia no deja que una demora ocasional defina a las personas con las que se vincula.

El punto parece estar en la repetición, ya que una vez puede deberse a un accidente, un colectivo que no llega o una urgencia, pero otra cosa es convertir la demora en una manera habitual de relacionarse con los demás.

Tomás está intentando modificarlo. Su estrategia es sencilla y bastante reveladora: adelantar mentalmente los horarios. “Si me digo ‘a las 9.30’ sé que, en realidad, voy a terminar saliendo a las 9.30”. Los especialistas también recomiendan herramientas concretas, como alarmas, recordatorios y registros reales del tiempo que lleva cada actividad para corregir la percepción equivocada. Alaguero propone incluso medir cuánto se tarda en desayunar, bañarse o vestirse para construir una referencia más realista. “Que se use la tecnología para recordar y hablar de estas cosas: del tiempo como lo único que no vuelve”, propone Gregorini.