Colombia tiene una guerra civil de más de 80 años. Es casi increíble que no se haya podido encontrar el dolor de la guerra y se la exporte en forma de familiares mercenarios.
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En las dos entregas anteriores, en las que abordo el tema del mercenarismo, señalé en la primera parte de manera breve sus antecedentes históricos desde las guerras entre Cartago y Roma, pasando por las luchas entre principados y regiones en la Italia renacentista, con la figura clave del Condottieri como reclutador, la guerra de los treinta años en Germania, pasando a detallar las nuevas formas militares de reclutamiento
En la entrega definí las razones básicas, casi invariables y generales del mercenarismo a lo largo del tiempo y las características principales del proceso histórico de violencia y guerra civil colombiana que generan un tipo particular de reclutado para la guerra en Ucrania, particularmente. También dejé señaladas las características salariales, la cantidad de tropas colombianas dentro del país, su prestigio internacional y el marco legal para la prevención y sanción del mercenarismo en Colombia.
En esta última entrega, que se esmera en dejar abierta la curiosidad y la reflexión sobre las manifestaciones más concretas, dolorosas y emotivas, antecedidas por contextos realistas y rigurosos de los artículos anteriores, desarrollaré cuatro ejes: el mercenarismo no es un trabajo, el drama de las familias y los civiles en Rusia, el drama de las familias en Colombia y algunos apuntes en prospectiva de lo que puede devenir del menarismo.
El mercenarismo no es un trabajo
Cuando alguien lea esto, sobre todo el mercenario o su familia, me puede decir que me equivoco, que como militares aprendieron un oficio y que venden esas habilidades, al mejor postor como se vio en las dos entregas anteriores.
Desde la perspectiva de la economía política clásica, que implican a Smith y a Marx, el mercenarismo no es un trabajo porque:
i) El mercenarismo genera valor de cambio para quien lo contrata (seguridad, control territorial, acceso a recursos), pero destruye valor de uso a nivel social (muertes, inestabilidad, destrucción de infraestructura), no agrega valor a alguna producción material, no implica trabajo productivo.
ii) Señala Marx que: El trabajo es, en primer lugar, un proceso entre el hombre y la naturaleza, proceso en el que el hombre [inter]media, regula y controla su metabolismo con la naturaleza. [...] Mediante ese movimiento actúa sobre la naturaleza exterior a él y la transformación, y al mismo tiempo transforma su propia naturaleza. (El Capital, Libro I, Cap. 5) Así, el mercenarismo entabla mediante su acción una relación negativa con su entorno y su carácter itinerante, nómada no le permite -ni le interesa- una transformación propia ni positiva propia ni de su entorno.
iii) Si bien hay una suma de energía física, mental, intelectual, espiritual y motivacional por parte del mercenario, -trabajo concreto en Marx- éste no crea, sino que destruye: el mercenario es un ente ofensivo, destructivo expedicionario, aventurero, paria que encarna una forma precapitalista de ‘acumulación por desposesión’. Aunque el mercenario actual y particularmente el colombiano no acumule, más que sus traumas y desgracias, sobre todo la deshonra de su propia tarea vil y vejatoria, en sus prácticas cotidianas roban a la población civil, invaden sus casas, las hacen suyas, las poseen temporalmente, para lo cual desposeen a los civiles rusos.
iv) Desde una óptica weberiana, el Estado moderno se caracteriza por poseer el monopolio legítimo de la violencia. El mercenarismo por su parte privatiza ese monopolio y lo pone al servicio del mejor postor, como pueden ser las empresas, gobiernos extranjeros o élites locales. Si nuevamente, su función no se enmarca más que dentro de una lógica de tierra arrasada anti moderna, no puede contenerse como propensa a un bien social mayor y, por ende, no es trabajo lo que el mercenarismo encarna.
v) El hecho de recibir un salario, de tener una relación contractual – no necesariamente acatable por las partes- de la cual envía a sus familias o ahorra para sí, no le constituye en trabajo. El trabajo no es salario. En el esclavismo o el feudalismo había trabajo y no necesariamente salario. De manera inversa salario no es trabajo. De lo contrario, el mercenario tendría derechos ante la Organización Internacional del Trabajo, OIT, por incumplimiento de contrato por parte de su contratante.
No he visto la primera demanda a la OIT o el ministerio del trabajo ucraniano por parte de un mercenario y si la pone, no creo que prospere. No es legal, porque el mercenario no es una figura legal, aunque sea real y letal, tóxica. Este es en parte el afán de varios mercenarios por llamarse ‘legionarios’, como se vio en el artículo anterior.
vi) Finalmente, si el trabajo en sí encarna una tarea o labor en pro del bienestar colectivo y que crea valor social, a la vez que realiza positivamente a quien lo hace entonces el mercenario NO TRABAJA. El sujeto mercenario se degrada en la guerra, se vuelve una lacra social. Es un parásito con habilidades que son en principio, privativas de los Estados modernos.
El mercenarismo no es un trabajo, es una oportunidad ilegal para la venta de unas habilidades letales puestas en contra de la vida misma. Quien va con la intención de matar a personas ajenas a su nacionalidad, por dinero o bienes y por fuera de la ley no tiene derechos, no es un trabajador, no construye, su existencia es dada para la destrucción.
Otros aspectos del mercenarismo y la lucha en Ucrania
Por otra parte, poner las habilidades militares al servicio del sicariato, los cárteles, crimen organizado o ejércitos regulares de otros Estados en guerra es en sí una violación de acuerdos con tales cuerpos regulares oficiales.
Por ejemplo, en EE.UU. los soldados firman acuerdos de confidencialidad (como el SF-312) o equivalentes en otros países sobre información clasificada, tácticas específicas, capacidades técnicas, inteligencia, etc. y aunque la formación militar no tiene carácter de secreto de Estado, los exmilitares de fuerzas de élite sí se ven restringidos de por vida o por un tiempo. Hacer lo contrario o no pedir permiso para integrar fuerzas de PMC, ya vistas, pueden incurrir en actos de traición.
Esto implica que como ya ha señalado hasta la saciedad el canciller Sergei Lavrov, la cooperación de Estados Unidos y varios Estados europeos se no sólo de manera directa sino a través de cuerpos de seguridad a la sombra y creados para violar todas las normas internacionales a espaldas de las propias legislaciones de sus Estados y sus fuerzas militares.
De tal suerte, al desclasificar con el tiempo documentos, se tienen operaciones encubiertas como operación Ajax en Irán en 1953; Operación PBSuccess, Guatemala, 1954; Irán-Contra, en Nicaragua 1980, todas de la CIA. Por su parte el MI6, junto a la CIA en la operación Boot contra Irán en 1953. El Mossad hace operaciones de asesinatos selectivos y funcionarios o ex funcionarios han incurrido en mercenarismo adiestrando a otros cuerpos al margen de la ley como el caso de Jair Klein a los paramilitares colombianos. El RAW de India y el DGSE de Francia se han movido en esos sentidos.
Por principio de su esencia, la guerra es constante degradación. En Ucrania han inventado un sistema de recompensa de tipo videojuego en el cual soldados y mercenarios compiten por asesinar más rusos en diversas modalidades para ganar bonos en físico y en dinero. Esto se ve en la nota corta de DW:
En Ucrania las tropas pueden ganar puntos por cada soldado ruso muerto o cada equipo destruido; no es un juego (DISCLEIMER) es la vida real. El programa se llama BRAVE1. La brigada graba sus ataques con drones, sube los vídeos y recibe puntos: 6 por cada soldado neutralizado y 50 por un equipo destruido. Con esos puntos los equipos entran al BRAVE1 MARKET, el Amazon de la guerra. Allí pueden adquirir drones, ropa y repuestos.
Estos esquemas son claramente nuevas formas de motivación por botines de guerra, que se hacen más importantes para los mercenarios que no van a la guerra sino por eso exactamente: estímulos materiales y económicos.
En Colombia, durante la presidencia de Álvaro Uribe Vélez, padre del paramilitarismo desde la fundación de las empresas privadas o cooperativas de seguridad llamadas CONVIVIR, se colocaron incentivos para lograr más resultados mediante bajas de guerrilleros.
Lo que tuvo Colombia fue asesinatos extrajudiciales llamados erróneamente ‘falsos positivos’, más de siete mil documentados. Los paramilitares asesinaban campesinos para reclamar premios y mostrar resultados. De estos casos de confesión está llena la Jurisdicción Especial para la Paz, JEP, que el narco-paramilitar De La Espriella, desea desestimular y ahogar, en caso de llegar a la presidencia el 7 de agosto.
Sin lugar a dudas el escenario y la clase de situaciones de este tipo se presentarán y documentarán en el futuro en las memorias del conflicto ruso – ucraniano que ojalá termina con un Nuremberg 2.0.
Primero, porque es propio de las dinámicas de oportunidad de la guerra, pero segundo, porque los propios colombianos que son allá, fueron en su país soldados y paramilitares muchas veces (ponerse el brazalete de un bloque paramilitar, siendo militar) por lo cual pueden proponer esquemas a un grupo de fuerzas regulares ucranianas ya en sí neonazis, corruptas y criminales. ¿Por qué no vestir a un aldeano ruso o ucraniano con trayectoria de soldado ruso y hacerlo pasar por una baja para ganar puntos? Pasa y pasará.
Es clave resaltar lo dicho por el investigador Manuel Restrepo, en su artículo, Mercenarios: criminal de guerra convertidos en contratistas:
Los mercenarios garantizan letalidad e impunidad por las violaciones a derechos humanos y DIH. Según la ONU el uso de mercenarios produce mayores tasas de violaciones de derechos humanos, dada su menor regulación, supervisión y limitada margen de actuación del derecho internacional y nacional y de las cortes internacionales de justicia.
La Convención de 1989 contra el reclutamiento de mercenarios, solo ha sido ratificada por 36 países lo que limita aún más la capacidad de la justicia y de su eficacia, cuando débilmente pueda operar.
La ambigüedad jurídica de las EMP [PMC] dificulta su clasificación bajo el DIH, lo que plantea retos para establecer estándares universales de auditoría, la creación de mecanismos de sanción efectivos, y la tajante prohibición de esta inhumana práctica de convertir a humanos en máquinas de muerte.
Finalmente, como se vio sobre todo en el primer artículo, la larga tradición de traición y de conveniencia en la lucha, sin identidad ni sentido de pertenencia por parte del mercenario, ha hecho que los ejércitos nativos, en este caso el ucraniano, traten mal a los mercenarios, los empleados de tercera clase y aunque el soldado colombiano, como se vio en la segunda entrega es altamente capacitado, es discriminado, golpeado, humillado, robado, asesinado y enviado.
Los ucranianos son racistas, consideran simios a los latinos. Los soportan por necesidad. Para eso les pagan y no. Porque una vez en la línea les quitan los papeles y quedan secuestrados por los capitanes ucranianos.
Claro, hay historias de logro, seguramente algunos han recibido sus pagos, algunos han logrado huir del frente y regresar con sus familias o son capturados por el ejército ruso, quien les respeta en principio la vida, si se cuten, y terminan haciendo videos para decir a los demás que NO VAYAN A LA GUERRA EN UCRANIA.
Lo cierto es que el mercenario es la peor forma de militar en una guerra. Quien paradójicamente exige derechos, bajo la excusa de trabajar para sus familias y negar el principal derecho a los ciudadanos de otros países en los que no está en conf