Lei, una mujer menuda de 37 años, mira el móvil sentada en un poyete. Parece llevar consigo todo lo que tiene; a sus pies se acumulan una maleta, bolsas y otros bultos. Es martes 7 de julio, a última hora de la tarde, en Zhengzhou, la capital de Henan, en el centro de China. Lei viste el uniforme rojo del restaurante de hot pot en el que, hasta hace un rato, trabajaba. Lo ha dejado antes de finalizar el periodo de prueba, porque no aguantaba las “pésimas condiciones” ni el horario infinito, “de 9.00 a 23.00, con solamente hora y media de descanso”, describe. “Trabajé dos días y terminé agotada. No me van a pagar nada, he trabajado gratis. Nunca coman allí”, se queja.

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