Hay oficios en los que uno se jubila a los 65, arma un asado, guarda las herramientas y no lo ve nadie nunca más. Y hay oficios en los que a los 65 recién estás entrando en calor. La dirección de cine pertenece, con toda claridad, al segundo grupo: un gremio donde la palabra “retiro” se pronuncia en voz baja y siempre para otro.

La discusión volvió a la mesa hace unas semanas, cuando Kyle Eastwood confirmó que su papá, a los 96, ya no piensa volver a un set. Clint se va con una marca notable: tenía 94 cuando se estrenó “Jurado Nº 2”, su thriller judicial de 2024, lo que lo consagra como el director más longevo en estrenar una película comercial en Hollywood. Un numerito respetable para alguien que empezó su carrera cuando el spaghetti western todavía se comía caliente.

El problema es que Hollywood no es el mundo. Y en el mundo hay un portugués que mira todo esto con la paciencia de quien ya ganó y no necesita avisarlo.

UN SEÑOR DE PORTO

Manoel de Oliveira nació el 11 de diciembre de 1908, cuando el cine todavía era mudo, en blanco y negro y bastante sospechado de ser una moda pasajera. Antes de filmar fue atleta, nadador y corredor de autos, o sea que su primera vocación fue ir rápido; el cine le enseñaría lo contrario. Debutó como director en 1931 con “Douro, Faina Fluvial”, un documental sobre el río de su ciudad. En el medio hizo de actor en “La canción de Lisboa” (1933), la primera película sonora portuguesa, porque en aquel cine todavía chico había que saber hacer un poco de todo. Al largometraje llegó recién en 1942, con “Aniki-Bóbó”.

Y ahí viene la parte que ningún manual de autoayuda te va a contar: después de ese debut se pasó tres décadas haciendo cortos, documentales y atendiendo los negocios familiares, sin que la historia del cine le dedicara demasiada atención. Cuarenta años de “che, ¿ese no era el que filmaba?”. Recién en 1971, con 63 años —edad en la que otros se preocupan por la caja jubilatoria—, estrenó “El pasado y el presente” y empezó, oficialmente, su carrera.

A partir de los años ochenta se volvió una máquina: una película por año, festivales, premios, prestigio internacional. Y cuando llegó a los 100, no aflojó el ritmo. Siguió promediando un largometraje anual, que es lo que hace un director joven con ganas de demostrar algo, solo que él ya no tenía nada que demostrar y lo hacía igual.

Filmó “Gebo y la sombra” a los 103 años y la estrenó con 104. Después, el 11 de diciembre de 2014 —su cumpleaños número 106— llegó a las salas “O Velho do Restelo (El viejo de Belén)”. Sí, es un cortometraje de menos de veinte minutos. También es cierto que a los 106 años cualquier cosa que no sea respirar ya constituye una hazaña.

Hasta ese momento la marca la tenía la alemana Leni Riefenstahl, que estrenó “Impresiones bajo el agua” a los 100, un documental con material filmado durante tres décadas en Papúa Nueva Guinea. Antes que ella, el japonés Kaneto Shindo había dirigido “Postal” a los 98. Un podio en el que Eastwood, con sus 94, entra cuarto y sin derecho a queja.

De Oliveira murió el 2 de abril de 2015, apenas unos meses después de aquel estreno. Fue, como suele repetirse, el único cineasta que trabajó de manera continua desde el cine mudo hasta la era digital: empezó con manivela y terminó con archivos.

LA ÚLTIMA JUGADA

Pero el mejor chiste lo hizo él, y tardó treinta y tres años en llegar al remate. En 1982, cuando tuvo que dejar la casa donde había vivido media vida, filmó “Visita ou Memórias e Confissões”, un documental de poco más de setenta minutos sobre esa despedida. Y dejó una instrucción: no se estrena hasta que yo me muera. La película se presentó en el Festival de Cannes de 2015, meses después de su fallecimiento.

O sea: no solo fue el director más longevo de la historia. También se las arregló para estrenar desde el más allá, un nivel de compromiso con el oficio que ni Woody Allen —que a los 90 está por rodar en España— alcanzó todavía.

La moraleja, si hay que buscarle una, es sencilla y algo incómoda para todos nosotros: no hay edad para empezar, no hay edad para volver y, aparentemente, tampoco hay edad para terminar. De Oliveira tuvo su primer gran reconocimiento pasados los 60 y su etapa más prolífica pasados los 80. Cualquier queja sobre estar llegando tarde a algo debería, de acá en adelante, tramitarse en otra ventanilla.