“El hijo de la novia” cumple 25 años desde su estreno el 16 de agosto de 2001, consolidándose como uno de los tesoros cinematográficos más valiosos e influyentes de la historia argentina. Dirigida por Juan José Campanella y coescrita junto a Fernando Castets, esta producción logró meterse de forma definitiva en el ADN cultural argento.
A un cuarto de siglo de su llegada a los cines, la historia de Rafael Belvedere (Ricardo Darín) no solo sobrevive como un testimonio de la crisis de la mediana edad y la redención familiar, sino también como el emotivo reflejo de una sociedad que buscaba evadirse de la realidad antes de que llegara el caótico diciembre de 2001.
La gestación de la película estuvo marcada por un escepticismo generalizado dentro de la industria. El propio Campanella recordó recientemente que nadie quería financiar el proyecto. Amigos íntimos y productores de renombre le advirtieron que filmar una comedia dramática centrada en una enfermedad neurodegenerativa como el Alzheimer sería un “fracaso tremendo” y una sentencia para su carrera profesional.
Sin embargo, fue gracias a la insistencia y al empuje de figuras clave como Guillermo Francella, que el director siguió adelante con la idea, que estaba inspirada directamente en la dura experiencia familiar que vivió con la enfermedad de su propia madre. “Su enfermedad me enseñó algo muy importante: el sentido del humor es lo último que se pierde”, contaba el director en una entrevista tras el estreno de la cinta.
El resultado en las salas de cine desarmó todos los prejuicios del entorno. En una Argentina golpeada por el desempleo y la convertibilidad económica, “El hijo de la novia” funcionó como un alivio milagroso. El filme arrasó en las boleterías locales convirtiéndose en la producción más vista de 2001 con la asombrosa cifra de 1.69 millones de espectadores, recaudando cerca de 8.5 millones de dólares en taquilla.
Pero el fenómeno no se quedó en las salas locales: la cinta fue distribuida con un éxito en más de treinta países y cautivó de inmediato a la crítica internacional en prestigiosas competencias como el Festival de Montreal y el de Valladolid. En sintonía, su consagración absoluta llegó al ser nominada al Premio Oscar como Mejor Película Extranjera en la 74ª edición de los galardones de la Academia de Hollywood.
Una cinta que le escapa al tiempo y al olvido
Gran parte del imán que ejerce la película reside en la química irrepetible de su elenco actoral. La producción reunió en pantalla a Norma Aleandro y Héctor Alterio, la mítica pareja de la galardonada “La historia oficial” (1985), quienes ofrecieron interpretaciones memorables. Campanella destacó siempre la técnica de Aleandro para encarnar a Norma, explicando que para un rol de Alzheimer no sirve usar la memoria emotiva, sino una precisión técnica pura; sumado al profesionalismo de Alterio, quien interpretó al conmovedor, Nino.
La película terminó de completar el podio actoral con Ricardo Darín, tras el éxito previo de “Nueve reinas”, y coronó la carrera de Eduardo Blanco con el personaje de Juan Carlos, el entrañable e incondicional amigo de la infancia.
Arrasó en las boleterías convirtiéndose en la producción más vista de 2001
El paso del tiempo no solo continúa reconfirmando un guión que envejeció bien, sino que también sacó a la luz curiosidades técnicas y narrativas que engrandecen su leyenda. Una de las secuencias más icónicas del filme es el extenso monólogo de Héctor Alterio en el restorán familiar, el cual fue filmado en una única e impecable toma continua. Aunque originalmente el libreto contemplaba mecharle cortes e imágenes de recuerdos para ilustrar su relato, la intensa carga emocional que generó la actuación en el set fue tan abrumadora que Campanella decidió descartar cualquier agregado.
“Siempre intentamos tratar las escenas más dramáticas con humor, y viceversa. Yo siempre odié que cuando en el cine un personaje cuenta algo terrible que le pasó dos años atrás, termine contándolo en medio de un ataque de llanto. Acá le escapamos todo el tiempo a esas cursilerías dramáticas. Pero porque son falsas. A lo que no le escapamos fue a lo cursi por el hecho de ser cursi. Porque si algo auténtico nos emocionaba... ¿Por qué negarlo? A mí me gusta el final feliz, lo que no me gusta es el final feliz forzado. Ese fue nuestro desafío: hacer una película auténtica, de reír y llorar. Algo que hace mucho que nadie se atreve a hacer por miedo a que lo acusen de cursi”, reconocía el director sobre uno de los aspectos que más destaca de su cine.