La mañana del 21 de julio, tan solo tres días después de que Daniel Ortega anunciara en el acto del 47 aniversario de la Revolución Sandinista que su régimen copresidencial se disponía a abolir las elecciones, llamé a Maricela a Managua. Es una madre de familia y ciudadana con la que suelo comunicarme desde Costa Rica para tantear lo que ocurre y lo que habla —en voz baja, casi en susurros— la gente en Nicaragua, ese país del que me exilié en 2021. Le pregunté qué le parecía el desfachatado anuncio del viejo caudillo sandinista sobre eliminar las elecciones. La mujer no dudó en responderme y, para ser franco, su respuesta me dislocó: “alivio”, dijo.
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