De buena mañana me asomo a la ventana que da al jardín y ahí está: un pepino en medio del prado, a la sombra del ciruelo japonés. No hay una sola mata de pepinos a dos kilómetros a la redonda. Debe de pesar cerca de medio kilo, pero su magnitud real es la del monolito de 2001: Una odisea del espacio. Suficiente como para hacerme cuestionar la naturaleza misma de la realidad.
Seguir leyendo