Quienes hoy alcanzan edades extraordinarias atravesaron guerras, crisis, enfermedades y pérdidas, por lo que la explicación no parece estar en haber vivido “sin estrés”. Las investigaciones ponen el foco en la resiliencia, la percepción de las amenazas y la capacidad del organismo para recuperarse.
Llegar a los 90 o incluso superar los 100 años en buenas condiciones abre un interrogante que adquiere especial relevancia frente a generaciones jóvenes que aseguran sentirse cada vez más estresadas: ¿los adultos mayores actuales soportaron mejor las presiones de la vida o simplemente estuvieron expuestos a un estrés diferente?
La respuesta científica es bastante más compleja que la idea de que “antes se vivía más tranquilo”. Una persona que hoy tiene 100 años nació alrededor de 1926 y atravesó un siglo marcado por guerras, epidemias, crisis económicas, transformaciones sociales, trabajos físicamente exigentes y períodos en los que la medicina tenía muchos menos recursos que actualmente.
Por eso, la existencia de centenarios saludables no demuestra que las generaciones anteriores hayan padecido menos estrés. Existe además un inevitable “efecto superviviente”: los centenarios que pueden ser estudiados actualmente constituyen precisamente el pequeño grupo que consiguió superar enfermedades, accidentes y otras causas de mortalidad durante prácticamente un siglo.
Lo que sí encontraron diferentes investigaciones es un fenómeno que podría ayudar a comprender parte del misterio: entre las personas extremadamente longevas aparecen características relacionadas con la resiliencia psicológica y determinadas estrategias para afrontar los problemas.
Un estudio sobre más de 7.400 centenarios chinos encontró una asociación entre mayor resiliencia psicológica y supervivencia, además de mejores indicadores cognitivos, funcionales y de satisfacción con la vida. Los resultados no prueban que la resiliencia sea la causa de vivir más años, pero incorporan una variable importante al debate sobre longevidad.
NO IMPORTA SOLAMENTE CUÁNTO ESTRÉS EXISTE
La diferencia fundamental está entre el acontecimiento estresante y la manera en que ese acontecimiento es experimentado. La Organización Mundial de la Salud (OMS) define al estrés como una respuesta humana natural frente a desafíos o amenazas y advierte que cierto nivel incluso puede resultar útil para enfrentar situaciones cotidianas.
El problema aparece fundamentalmente cuando esa respuesta se vuelve excesiva o permanece activa durante demasiado tiempo. Una crisis económica, un problema laboral o una enfermedad familiar pueden afectar a dos personas de manera muy diferente según sus recursos económicos, personalidad, experiencias anteriores, vínculos sociales y sensación de control.
Una investigación realizada con 28.753 adultos estadounidenses encontró precisamente una relación llamativa: quienes declaraban mucho estrés y, simultáneamente, consideraban que ese estrés perjudicaba considerablemente su salud presentaron durante el seguimiento un riesgo 43% mayor de muerte prematura.
El resultado, sin embargo, requiere cautela. Se trató de un estudio observacional y no significa que pensar que el estrés es perjudicial provoque por sí mismo una muerte prematura. La percepción negativa puede estar acompañada por enfermedades, dificultades económicas, depresión, aislamiento u otros factores que también afectan la salud.
Otra investigación con adultos mayores de Taiwán encontró inicialmente que un mayor estrés percibido estaba relacionado con mayor mortalidad. Pero esa asociación dejó de ser estadísticamente significativa al incorporar factores como enfermedades, problemas de movilidad y síntomas depresivos.
La discusión científica, por lo tanto, se aleja de la idea simplificada de que “el estrés mata” y comienza a preguntar qué estrés, durante cuánto tiempo, bajo qué condiciones y con qué posibilidades de recuperación.
CUANDO EL ORGANISMO NUNCA LOGRA RECUPERARSE
Uno de los conceptos centrales para comprender esta relación es la denominada carga alostática: el desgaste acumulado que experimenta el cuerpo como consecuencia de tener que adaptarse repetidamente a situaciones adversas.
Frente a un problema puntual, el organismo activa mecanismos destinados a responder a la amenaza y posteriormente vuelve a cierto equilibrio. Pero cuando los problemas se suceden sin períodos suficientes de recuperación, esa activación puede transformarse en una carga persistente.
Las investigaciones vinculan el estrés crónico con mecanismos que involucran al cortisol y otros mediadores hormonales, el sistema cardiovascular, el metabolismo, la inflamación y distintos procesos celulares relacionados con el envejecimiento.
Un metaanálisis de 17 estudios encontró que una elevada carga alostática estaba asociada con un 22% más de riesgo de mortalidad por cualquier causa y un 31% más de mortalidad cardiovascular.
La diferencia podría estar entonces menos relacionada con vivir una existencia libre de problemas —algo prácticamente imposible— que con la posibilidad de atravesarlos y posteriormente recuperar el equilibrio.
El problema aparece cuando el estrés se vuelve excesivo o permanece activo demasiado tiempo
¿LOS JÓVENES ESTÁN MÁS ESTRESADOS QUE SUS ABUELOS?
Algunas mediciones muestran una fuerte diferencia generacional, aunque deben interpretarse cuidadosamente. La Asociación Estadounidense de Psicología (APA) encontró en una encuesta de 2023 que las personas de entre 18 y 34 años calificaban su estrés promedio con 6 puntos sobre 10, mientras que entre los mayores de 65 años descendía a 3,4.
Más de una década antes ya había aparecido una brecha semejante. En 2012, los millennials encuestados informaban un promedio de estrés de 5,4 puntos, contra 3,7 entre los adultos de mayor edad.
Pero esos números no permiten asegurar que las generaciones actuales sean definitivamente “más estresadas”. Una parte de la diferencia podría explicarse por la edad: trabajo, crianza, vivienda, ingresos y construcción de una carrera suelen concentrar presiones durante las primeras décadas de la adultez que disminuyen después de la jubilación.
Tampoco puede descartarse un cambio cultural. Hoy existe mayor reconocimiento de la salud mental, un vocabulario mucho más extendido para identificar ansiedad, agotamiento o estrés y menor resistencia a comunicar esos problemas. Una mayor declaración de estrés no necesariamente significa que generaciones anteriores no lo experimentaran.