Cada vez que pedimos una caña en un bar, abrimos una lager en una terraza o compramos un botellín en el supermercado, hay una pequeña parte de Copenhague dentro de ese vaso. No porque estemos bebiendo una Carlsberg. Lo más probable es que ni siquiera lo sea. Lo curioso es que gran parte del éxito y la expansión de las lager modernas se debe a un laboratorio fundado hace casi 150 años por una cervecera danesa que tomó una decisión poco habitual para su época: compartir sus descubrimientos con cualquiera que quisiera elaborar mejor cerveza. Eso cambió el rumbo de esta bebida.

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